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viernes, 29 de mayo de 2009

Niñas tontas o apología de Nora Helmer


Si una estudia Letras, más pronto que nunca se ve enfrentada a la obra de Ibsen "Casa de muñecas" con su legendario personaje de Nora.

Había tanto que decir sobre todo con mi idealista y apenas naciente feminismo.

Hago una mueca nomás de recordar las sandeces que debí haber escrito, clicheadas premisas, estructurales y cansadas fragmentaciones de la trama y los personajes.

¿Qué le va a hacer uno? Por lo menos los dieciocho años no duran para siempre y mis antiguos trabajos ensayísticos sucumbieron frente a mi afortunado olvido y mi natural desorden.



Lo que me queda de Nora es un aterrorizante pavor que ha plagado mi vida por
una casta femenina a la que yo llamo "niñas tontas" y a la que Shirley Manson les
cantaba aquéllo de "stupid girl... you pretend you're high, pretend you're bored,
pretend you're everything, just to be adored..."


Las niñas tontas solían darme miedo. O al menos eso pensaba yo, me atemorizaba el arquetipo trazado por ellas, un arquetipo en que no había manera de hacerme pasar por enmedio.

Hoy, en una apología de Nora debo finalmente admitir que no es mi aberración a la niña tonta que escribe Ibsen lo que desata mi terror. No, el pavor que siento no se dirige a Nora, sino a mí:

La gran epifanía del día es descubrir que el miedo, que el gran paralizante terror está en encontrar en el espejo la imagen simplona e ingenua de una niña tonta.

"I'm fortune's fool"!

Romeo in Romeo and Juliet, Shakespeare


¿Por qué nos aterra tanto esa niña tonta que llevamos dentro?

El día de hoy la acepto, la saco del cuarto de atrás donde se guardan las vergüenzas y los defectos. Todo este tiempo tuve miedo de actuar como una niña tonta, de que me llamaran la atención las cosas brillantes, los collares de cuentas de espejo, los tocados de plumaje de pavo real, los brazaletes de granate, los hilos de perla, los kaleidoscopios y las perfectas y detalladas casas de muñecas (como aquélla que nos compartiste Belén).

Pronto aprendí que para evitar ser una niña tonta una no dice que "le apasiona la literatura" sino que "le interesa un análisis a profundidad de un corpus literario". Una niña tonta dice como Mané de "El Inocente":

"Ah! Pero si todo está dificilísimo!"

No, una mujer empoderada sabe que todas las cosas son posibles y sehttp://pedroinfante.yomarnathalia.com/pinfante/images/inocente.jpeg disculpa, antes de cualquier cosa por los contingentes errores que pueda cometer, y lo realiza todo sin esperar cumplidos, sin escucharlos tampoco.


Una de mis tías anunció un día muy ufana, después de un par de décadas de un impecabe matrimonio: "Yo ya me cambié al equipo de las tontas" Lo dijo así nomás, como anunciar que ha colgado el banderín del equipo de fútbol de la ciudad, del padre y del marido. "Yo ya soy de las tontas" dijo "porque si el marido te pide que le hagas la maleta dices tú: uyyyyyyy pero si soy taaaan tonta... No me sale"

Ese día deje de temerle a la tontería.

Pero hasta hoy reconozco mis miedos, mi terrible culpabilidad de saberme enclosetada niña tonta.

Quizás que lo que quiero decir que mientras nos debatimos siendo Mafaldas y Libertades, esforzándonos por probarnos, por pronunciarnos encaramadas en nuestras cajas de jabón.

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A veces... muchas veces...

Habríamos mejor de aceptar a la Susanita que todas llevamos dentro:



Porque al final una es una.

Y si alguien más quiere llamarnos tontas porque, a pesar de un buen trabajo o un título de posgrado, a pesar del arete en la naríz y tatuajes de huesos y calaveras en los brazos, a pesar de los lentes de intelectual y de la plaquita de alumnio con un Dra., Ing. , Lic., Mtra., etc. antecediendo nuestros nombres; todavía nos hace ilusión un manicure francés, una bolsa o una marca de maquillaje de cierto renombre.

El tonto... El verdaderamente tonto... es él.

jueves, 5 de marzo de 2009

Entre un bestseller y Macedonio Fernández

Acabo de leer una de esas novelas que logran obliterar mi realidad de lector y adentrarme a un mundo en donde no existo y olvido mi nombre.

Macedonio Fernández, gran influencia de Borges, tenía un problema enorme con este tipo de libros. Le parecía que la buena literatura no podía ser aquélla que hiciera al lector olvidarse de su realidad y de su calidad de lector, y por eso escribe "Museo de la novela de la eterna: Primera novela buena" una novela que a cada paso forza al lector a mantenerse como lector, una novela que nunca parece comenzar, una novela hecha enteramente de prólogos.

Pero la novelita que leí estos días me gustó precisamente por lo contrario, porque la buena narrativa, la fluidez poética de las imágenes y las palabras, lo original de la presentación novedosa de la misma historia romántica de siempre, me hicieron olvidarme de mi vida diaria.

Así que me quedo con la pregunta de si una buena literatura tiene que ser escape o recordatorio de la realidad. Porque hay momentos para leer a Donoso, a Cortázar, a Lispector y otras, que necesito buscar la novela del mes en una pretenciosa librería como Borders o Barnes and Noble, entre los libros del club de lectura de Oprah, esos con sus estúpidas preguntitas al final para guiar la argumentación "crítica" de algunas señoras encopetadas.

Porque a veces, como estos días, esas novelitas pueden sorprenderme.

...o por lo menos, hacerme olvidar todas las cosas en las que no quiero pensar.

martes, 3 de marzo de 2009

El siniestro mundo de la derecha


El mundo se confabula en tu contra, y yo no lo sabía, no me había dado cuenta.

Tus manitas toman las tijeras y cortan, cortan, cortan. Has amaestrado el círculo, el cuadro y el rectángulo. Todo eso con contorsiones de tus manos. Cortas ciegamente, porque el ojo y el filo de la tijera no se alínean.

Hay que tener fe ciega para cortar siniestramente, saber que la figura estará ahí. Me asusta verte cortar porque apenas quitas el dedo antes de que lo atrape la tijera.

Un sacapuntas es un artefacto diabólico que gira inversamente, que hace tropezar a la madera y troza el grafito. Yo quiero llorar porque tú quieres saber lo que es desenvolver al lápiz como se pela una manzana en una sola espiral perfecta.

Tengo miedo de este mundo mío, este mundo en apariencia inocuo. ¿Cuántas cosas marchan al contrario, cuantas cosas funcionan, para ti, contraintuitivamente?

Tengo que pensarlo todo un par de veces antes de explicártelo, titubear junto a ti cuando trato de actuar simples acciones como persignarse, saludar a la bandera o hacer un juramento solemne.

Habrá que desterrar muchos términos, declarar ilegal cualquier palabra que evidencie el maltrato y la predilección discriminatoria, no decir siniestro para lo oculto, ni diestro para lo apto.

¿Cómo haré para instaurar mis pasiones en ti?

¿Cómo enseñarte la belleza de la letra manuscrita danzando sobre el papel de izquierda a derecha ?

¿Cómo enseñarte a tocar la guitarra?

¿Cómo haré para pasar al otro lado del espejo a un mundo, perfecto, diseñado sólo para ti?

miércoles, 11 de febrero de 2009

Consejo no solicitado


El día de hoy alguien muy amablemente me dijo: "seguramente ya lo sabías pero tus entrañas seguramente se están pudriendo a causa de todo el (inserte cierto químico aquí) que estás ingiriendo con (inserte cierto producto comercial aquí).

¿Por qué a veces el mundo tiene esa desesperada necesidad de señalar mis conductas autodestructivas?

Conozco muy bien todos mis defectos.

Conozco aun mejor todos mis ardides de autoboicot.

Cuántos "buenos consejos" de las "buenas consciencias" de alguien que sólo "lo hace por nuestro bien" se darán día con día.

Uno de los que más me han reventado el hígado es el siguente:

"No publiques, tú guarda tus textos, yo sé lo que te digo, tú guárdalos."

Y a ti querido lector ¿qué consejo no solicitado te han dado?

miércoles, 28 de enero de 2009

Idiosincrasias litararias: El libro tatuado

Para Lady Vivianne por su obsesión por los objetos

El objeto por excelencia es el libro. No sólo lo escrito, sino por el objeto en sí mismo.

Todos tenemos nuestras propias idiosincrasias sobre cómo se debe trabajar un libro: Mi hermana por ejemplo, odia prestarme un libro porque yo le dejo siempre las esquinas superiores derechas dobladas, lo siento, los separadores nunca han sido algo mío, mientras mi papá dobla la hoja completa.

Sinceramente no creo en la existencia inmaculada del libro, para mí es un objeto vivo que debe ostentar el paso del tiempo y de mano en mano. Creo que los márgenes de un libro son campo fértil para una maravillosa comunicación telegráfica y unilateral al próximo lector.

De entre mis peculiaridades puedo decir que odio los marca textos, me parece que están hechos sólo para los libros de texto y de superación personal. Para trabajar en un libro yo confío en el lápiz, mi jeroglífica caligrafía y esas banderitas de colores.

Me gusta leer los mensajes que un libro regala, por eso amo los libros usados, o revisar los libros de las bibliotecas. Recuerdo muy bien el primer libro que recibí que ostentaba cicatrices de otro dueño, era un libro de la SEP que perdí, así que heredé el libro de mi primo, tenía una animación de caricaturas, de esas que se hacían en las esquinas para ver a un monito moverse al pasar las hojas rápido, también tenía un chiste: a Álvaro Obregón lo había dejado chimuelo y y había cambiado las primeras tres letras por N-A-L-G.

Los libros usados traen como cicatrices de guerra algún nombre o fecha al principio, notas al margen y otras afortunadas veces la dedicatoria de un autor.

O un verdadero tesoro: un pedazo de papel enmedio que había sido olvidado, una lista del súper, un boleto de camión, una carta de amor, o alguna otra cosa. Mi papá encontró así, con una ornada manuscrita, el acta de matrimonio de mi abuelo con su primera mujer.

Me pregunto si esas hojas sueltas constituirán un paratexto.

Esas cosas que se descubren en un libro me hacen pensar en los tatuajes secretos de las paredes de los cuartos de hotel. No sé a quién se les ocurrió, pero hay una fuerte tradición de esconder obras de arte debajo de los cuadros y espejos.

El libro es un objeto vivo que lleva con orgullo sus tatuajes y cicatrices. Es en sí la bitácora de una travesía.

martes, 27 de enero de 2009

El mundo maravilloso de las cosas que no tienen par

Se nos perdió un zapato.

Y me encanta que mi lengua nativa tenga esta capacidad de desviar culpabilidades. Uno nunca pierde nada, ni olvida las llaves, ni deja caer los vasos para que se quebren.

No, en español, lengua bendita, las cosas se escapan de las manos, a los objetos les salen patas y se escapan cuando uno no está mirando.

Español es la lengua del "yo no fui" (aunque te vengan a contar cositas malas de mí.)

Yo tengo la impresión que los que meten el desorden son los calcetines.

Esos son los primeros en perderse, y de paso, pierden a las llaves, los paraguas, las gafas de sol, la lista del mandado y al par de un arete del diario. Los pierden dándoles malos consejos, incitándolos al vicio.

¿A dónde se imaginan ustedes que se escapan los objetos? En algún sitio leí sobre una bendita isla a donde se van a vivir los calcetines perdidos. ¿Será que hay un pasaje secreto del otro lado de la lavadora?

Me parece que, todas esas cosas que vienen bíblicamente de dos en dos, de lo que escapan no es de nuestra patética mundanidad, sino su idéntico otro.

A lo mejor se van buscando ese lugar maravilloso, donde las cosas viven únicamente su individualidad.

domingo, 25 de enero de 2009

Bitácoras de viaje

Últimamente me he dado cuenta que hay muchos blogs de viajes, o de experiencias extranjeras. Obviamente un blog con un título como "un mexicano(a) en París, Indonesia, la Patagonia, etc." pica la curiosidad. (Visiten esta curiosidad, por ejemplo.)

Me hace pensar en lo que dijo Maruja Torres, la primera escritora que escuché en el auditorio Silvano Barba de mi facultad, un par de días antes de comenzar mi primer semestre universitario (recuerdo que ese día llovía a horrores y que fui por vez primera a la Mutualista); Maruja nos recomendó que si queríamos escribir, escribiéramos relatos de viajes, que ésa era la literatura que se leía en estos tiempos.

Qué ironía, haber vivido tantos años en otro país y no haber escrito un blog entonces. Creo que hubiera sido interesante escribir de mi aventura conduciendo sola de Boston a Philadelphia, pasando por la ciudad de Nueva York, por ejemplo.

Tal vez lo que debería hacer sería lo que hizo aquel modernista mexicano, que para hablar de un viaje a Asia se fue al baratillo e inventó un Lejano Oriente en sus crónicas.

viernes, 23 de enero de 2009

Idiosincrasias literarias

Lecturas de viaje

En un avión sólo se pueden leer revistas del corazón, pasquines, publicaciones sensacionalistas (siempre y cuando no se centren en desastres aéreos), revistas impresas en papel revolución con crucigramas y sudokus simplones.

Leer cualquier cosa que no se tome a sí misma en serio, la reina de este tipo de publicaciones es la revista de la aerolínea, ¿qué puede esperarse de una publicación cuyo público no tiene nada más a la mano?

Las novelitas de viaje que se compran (a un precio inflado) en un pequeño puesto entre el duty free y los baños de la terminal.

Leer todo lo que evite pensar, lo que recuerde las fobias y los terrores, nada intelectual, no alta literatura, no introspecciones. Tampoco narrativas caóticas, ni Rushdie, ni Goytisolo, ni Donoso, ni Lispector, ni Bret Easton Ellis.

En la claustrofóbica realidad de la cabina aérea no hay sitio para la vergüenza por leer un Vanidades, un Cosmopolitan o una novelita romántica.

Últimamente yo tengo predilección en los aviones por leer ficción histórica, relatos exóticos de tiempos pasados, romantizaciones ficticias.

En una avión nadie creería, al verme, capaz de una buena lectura.

No importa.

Sólo quiero hipnotizarme y olvidar el terror imaginarme en caída libre.

Los dogmas literarios sólo aplican en tierra firme.

jueves, 22 de enero de 2009

A la defensa de la intérprete nativa

En la cúspide de la colonización británica se acuñó un término para las mujeres que vivían con los colonizadores: diccionario durmiente.

Un diccionario durmiente porque proporcionaban un servicio muy útil.

En su carne extraña y voluptuosa se podía aprender la lengua nativa.

Sus cuerpos ricos derramando léxico, significado, conocimiento.

Un conocimiento blindado, inalcanzable para ellas.

Un diccionario durmiente siempre necesitado de la poderosa pluma del otro.

Un cuerpo traidor.

Pero más que un diccionario durmiente, la carne de una mujer es un glosario bárbaro.

Una cazadora siempre al acecho.

En esto creemos

Tenemos toda una cultura formada alrededor de nuestras costumbres literarias, no sólo qué leemos, sino cómo, cuándo y dónde.

Tenemos frases y categorías: lectura de baño, libros de cama, novelas para vacacionar, etc.

Y supersticiones como: "un libro te llega en el momento preciso".

Hablemos de nuestras manías literarias, de costumbres y superticiones de lectura, de obsesiones y vergonzosas morbosidades.

Forjemos en la piedra las tablas de nuestra lectura

lunes, 19 de enero de 2009

El Macaco me hizo pensar...

No ha sido la primera vez, pero el señor primate me hizo pensar en una pregunta que me hice años atrás en circunstancias muy distintas. Bueno, me explico un poco, el buen Macaco me hizo un comentario sobre mi muy hermética entrada sobre el hermetismo del texto y la traducción, contándme una anécdota que me divirtió mucho, de cómo leer una historia traducida había sido distinta a cómo la leyó en su versión original.

...y me hizo pensar en aquella tarde en Tanglewood cuando a duras penas lo conocía a él y él comentaba lo que le agradaba de mí, y claro está, mi escéptica y deprecativa mitad se preguntaba y le preguntaba a él, si algo en ese naciente idilio podía ser cierto, que si acaso la personalidad es algo traducible.

La duda me ha plagado por años:

¿La mujer que él ama, la mujer que él consciente (y lingüísticamente) aprende y aprehende en su lengua materna, puede ser la misma imagen de mujer que yo sostengo para que mi realidad tenga sentido?

Dicho de otro modo, siempre me lo pregunto:

¿No será que él no puede conocer más que una pobre y traidora versión de mí?

"Yo ya lo sabía,
pero quise engañarme
y pensar que en algún momento
leerías en mí
algo más que la más traicionera versión
de mi boca."

Después de Babel

jueves, 15 de enero de 2009

Del hermetismo del texto y su traducción

No hay una técnica más eficaz para exponer las fallas de un texto y su hermetismo semiótico que emprender la travesía de su traducción. Pregúntenme a mí, que he estado luchando con un texto que sólo me invita al procrastinaje.

Una técnica tradicional para corroborar la eficacia y fidelidad de una traducción (fidelidad de la traducción, es claramente una completa utopía) es traducir un texto de la lengua origen a la lengua destino y depués volver a traducir la traducción (valga la redundancia) a la lengua origen, y contabilizar de alguna manera lo que se pierde en la traducción. Ahora bien, ¿no sería acaso interesante usar la técnica para darnos cuenta de nuestros propios errores literarios comunes?

Mi escritura está muy lejos de ser infalible, y de hecho, por mi necesidad imperante de bilingüismo me enfrento con frecuencia a mis errores y mi propio hermetismo.

Esta entrada no creo que vaya a ninguna parte, pero me ha ayudado postergar, algunos minutos más, el enfrentarme un texto que no se deja apuñalar por la daga de mi traducción.

Bueno, me gustaría, de esta manera poco poética, leer sus ideas sobre multilingüismo, ustedes compañeros escritores, ¿piensan sus textos como textos traducibles? ¿hay una consciencia de lectura local, o la posiblidad de universalidad de sus ideas? Es interesante como un libro como En busca de klingsor de Volpi generaba comentarios como que se leía como una novela traducida, por esa sensación de un lenguaje estandarizado, vejado, contaminado y trabajado claramente, con la consciencia de un público más generalizado (y bueno, no es la única razón, también intervienen elementos en cuanto a una visión no nacionalista, y la constante tensión entre alta cultura y cultura de masas -en cuanto a esta tensión recomiendo mucho el libro de Andreas Huyssen The Great Divide-), y queda como ejemplo de un texto que es consciente de su propio alcance lingüístico (esto, claro está, es independiente de si la valoración crítica que puede hacerse de su calidad).

Ése es el caso que Puchner presenta del acierto, alcance y permanencia del Manifiesto Comunista: su invención, desde el principio como un texto sin lengua origen y su calidad constante como texto traducido.

Continuemos este diálogo.

miércoles, 14 de enero de 2009

El arte de odiarse a sí mismo

Cuando estaba en la prepa yo creía en todo, en la revolución, la bondad de los extraños, la selección nacional, la paz porque todo podía solucionarse if you only give peace a chance, en la poesía, los concursos literarios, la izquierda y la derecha, Dios, la superstición y el subcomandante Marcos.

Después, en la facultad descubrí lo que era la ingenuidad. Descubrí que lo chic era dudar de todo, decidí que "yo sólo creo que no creo en nada". Que a los amigos se les aprecia mucho, pero al final de cuentas cada quien se rasca con sus propias uñas. Que si algo quería tenía que hacerlo posible yo solita. Y a pesar de todo, que si alguien se merece mi odio, el mayor odio también era sólo para mí.

Self-deprecation humor es siempre mi preferido, y el verso más romántico que puedo pensar es de Sabines que le dedica al ser amado "la mitad del odio que guardo para mí".

Hoy no me siento ni una cosa ni la otra, mi bandera es sólo mi contradicción y vivo mis días en el péndulo constante de idealismo a escepticismo y vice versa.

Y mi odio personal no es el de antes, que restrospectivamente sería bautizado como emo. No, ese odio personal me hace sonreír como Annie Hall y todas las cintas de Woody Allen.

Ya ves, odiarse a sí mismo, es todo un arte.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Una corta profecía

Estoy leyendo un libro fabuloso de Martin Puchner (y ya es mucho que yo encuentre fascinante y difícil de poner de lado un libro de teoría crítica) "Poesía de la revolución" (Poetry of the Revolution) que es un estudio profundo y atinado de todos los manifiestos políticos y literarios-vanguardistas desde el gran Manifiesto Comunista que acuña el nuevo género del manifiesto.

Puchner habla de Goethe y sus ideas en torno a la traducción. Goethe toma la frase del Corán que dice: "Dios da a cada pueblo un profeta en su propia lengua" de la cual Goethe deslinda: "El traductor es profeta de su pueblo".

Una idea cargada de posibilidades, y brevemente menciono la idea que me ronda en este momento, la idea de una Casandra perseguida e ignorada, la palabra del profeta que se duda y se tacha de blasfema, la palabra del traidor.

Retrospectivamente esta lectura alimenta a mi Babel.

lunes, 6 de octubre de 2008

Él construye una mesa

Él dice que su secreto es fuerza bruta e ignorancia.

Y alguien una vez me dijo (para mi horror) que la ignorancia es una bendición.

Y recuerdo la noche en que apenas lo conocía cuando él hablaba de cosas que yo nunca he entendido ni entenderé, pero aprecié muy claramente que cuando él llega a una cañada comienza a imaginar puentes y a trazarlos en el aire, pero no ve nunca el vacío.

Él no encontró la mesa que buscaba y su reacción fue la más simple, la más ingenua, la más honesta:

Hacer su propia mesa.

Él no tiene nunca nada que perder porque siempre se cobija con la bandera de su ingenuidad, de su ignorancia, de su simpleza, pero yo sé que no es ingenuo, ni ignorante ni simple.

Lo he visto todo el día lijar la madera y seguir sus líneas y volutas. Me hace sonreír cuando taladra y martilla sin preocuparse por los vecinos.

Y me maravilla cómo su mente exacta, matemática, espacial, tiene un plano en detalle de cada una de sus maniobras, de su ingenio.

Hoy he pensado en ese hombre soñador sentado al otro lado de la mesa años atrás, sigo sin entender cómo su mente está llena de ángulos y de espacios y de intrincadas secuencias numéricas, cuando yo pienso en palabras, en metáforas, en tropos y peculiaridades lingüísticas.

No voy a sentarme a llorar ante el precipicio.

Voy a seguirlo viendo construir su mesa y dejaré de cuestionarme, de dudar, de creer que todo lo que pienso y digo es descabellado, o ingenuo, o simple, o imposible.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Elogio de la inutilidad

En la antigua China, alrededor del siglo X se puso de moda la costumbre de atar apretadamente los pies de las niñas con el fin de quebrar los huesos y deformar los pies hasta lograr los sublimes “lirios dorados” de no más de tres pulgadas de largo. El resultado no es hermoso, pero aún significaban el nivel más alto de belleza femenina. El propósito no se encontraba en detener el crecimiento del pie, sino de deformarlo hasta lograr una inhumana imposibilidad: un pie que no sirve para caminar.

La desvalidez en que dejaban a las mujeres era el verdadero propósito: una mujer que no puede caminar más que con pequeños y tambaleantes pasos era una mujer que no podía trabajar. Las desvalidas mujeres con sus lirios dorados eran muñequitas de porcelana a las que había que mantener en lo alto de una estantería: la mujer convertida en comodidad, en piedra preciosa, en arte-objeto.

La práctica es completamente salvaje y sádica. Pero esta visión de la belleza con respecto a su practibilidad vale la pena explorarse.

Es interesante pensar en la inutilidad como característica intrínseca de la belleza, la idea de que algo es bello sólo porque sí, y no porque su existencia responda a una necesidad, o sirva a un fin práctico.

No hay necesidad de irnos tan lejos a la antigua China, nuestro vernáculo mexicano cuenta con esa expresión para describir a alguien que no hace nada más que “tirar belleza”.

Pero esta entrada no es un reclamo en contra de una visión misógina de la mujer, sino un elogio a lo inútil, y es una idea de la que se nutrió también la vanguardia. Una de las imágenes más icónicas vanguardistas es la “Fuente” de Marcel Duchamp, un mingitorio firmado y presentado como entrada en un concurso artístico. Gran parte de la justificación de los objetos “encontrados” se encuentra en que todos estos objetos originalmente tenían un fin práctico, pero el artista los reposiciona y los saca de su realidad para ponerlos en un plano en el que son completamente inútiles, por ende convirtiéndolos en arte y a la vez reduciendo la interacción entre artista y arte.

La idea no es infalible, pero es provocativa y da de qué pensar.
Esta divagación me hace pensar en el conjunto de inutilidades de mi cuerpo y de mi mente. Todos los sinsentidos, la futilidad de tantas empresas, tantas maniobras.

Cuántas cosas que me pesan en la conciencia por su inutilidad, por su impractibilidad, pero aún así puedo consolarme al pensar en la belleza que radica en el hecho de que lo hice porque sí, sin beneficio, sin productibilidad, sin razón, sin motivo.

Sólo porque sí.

¿Qué arte has producido tú, sólo porque sí?

miércoles, 30 de julio de 2008

In my life

There are places I'll remember
All my life though some have changed
Some forever not for better
Some have gone and some remain
All these places have their moments
With lovers and friends I still can recall
Some are dead and some are living
In my life I've loved them all

A Elia porque es su canción favorita y porque me tomó muchos años darme cuenta en cuántas cosas se interesó sólo porque eran importantes para mí

* Entrada escrita durante el siguiente trayecto:
De Commonwealth Ave. en Boston, Mass., Tren B de la línea verde a Park Street,
cambio a la línea roja hasta Porter Square (una después de Harvard)
cambio al Commuter Rail a Concord, Mass.


Hace muchos, muchos años, cuando yo era todavía una niña decidí que quería estudiar física cuántica.

No estudié física cuántica, ni física normal, ni siquiera educación física...

Estudié letras.

Así que no recuerdo muy bien las leyes de la física sobre los cuerpos en movimiento, pero mi espíritu romántico (romántico en el sentido del Sturm und drang y el joven Werther, no en el de Televisa, vale mencionar) sabe muy bien que cuando las almas solitarias se ponen en movimiento se desborda la boca de la melancolía.

Ayer venía en mi viaje de casi hora y media de regreso de Boston a Concord escuchado mi Ipod, cuando al subir al segundo tren e ir pensando en mi tierra de campos de fresas, por suerte, comenzó esta canción que también logra hacerme llorar.

Demasiados lazos emocionales me unen a ella:

Es la canción que bailé idealista y esperanzada un dieciséis de febrero.

Es la canción que me dijiste tú que era tu favorita cuando te lo pregunté para un proyecto que tengo sobre mis equipajes emocionales, sobre la música que han dejado en mí las personas que me han marcado. Y ya de por sí tú y yo compartimos a los Beatles desde la secundaria.

Me hace llorar porque me recuerda a los viejos amigos, a los viejos amores, y a los viejos lugares.

Siempre he tenido esta obsesión con los lugares que ya no existen. La casa en que nací, en la calle cinco de mayo, es hoy día un comercio donde venden alimento Purina y el terreno familiar en donde jugué tantas veces de niña es hoy un motel de paso.

¿Qué le pasa a uno si la raíz de los recuerdos desaparece?

Así también hay tantas vidas anteriores que ya no puedo acceder.

Muchos diálogos que siguen continuándose en mi cabeza. Diálogos que son realmente tristes monólogos.

¿Qué harías si supieras que aún sigo charlando contigo a pesar de que no estás?

¿Con quién hablas tú mentalmente al montarte en un tren y mirar por la ventana?
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sábado, 26 de julio de 2008

Pingüino elemental...

…cantando un “¡Hare Krishna!”,
hombre, debiste haberte dado cuenta
que estaban pateando a Edgar Allan Poe…

Relato pseudo-surrealista de la cena de una noche de verano

La expedición partió en busca de un lugar distante con un nombre el cual desconocíamos o del que no queríamos acordarnos, y vagamos cual Colón, atisbando en el aire el olor a tierra o algún rastro de papagayos. Afortunadamente aún manteníamos en la memoria un número y una calle, que no se había anunciado hasta muy tarde, según dijo el vocero, simplemente porque nadie se lo había preguntado.

Después de anunciarse finalmente, la ruta progidiosa, el convoy seguía a ciegas las órdenes de la voz que provenía de la consola del armatoste, y a pesar de que veíamos inminente la caída a un infinito mar, no hacíamos más que resignarnos y alistarnos a dar la brazada de mariposa.

Secos hasta lo más recóndito, pero a pesar de la zozobra evitada, aún manteníamos el hambre del mismo náufrago que ha vivido consigo mismo y con un día de la semana, de nombrar las cosas todas a su paso: y así, depués de bautizar por vez última una calle y la luz de las seis y cinco de la tarde, dimos con el bendito lugar.

El restaurante era un banco en que había que hacer fila y pedir, siempre por triplicado y con una fe notarial la mendicidad de la pesca fresca del día que a diario encontraban al descombinar el candado hermético de la bóveda, que a veces entregaba langostinos y cangrejos de gordas piernas, y a veces sólo presentaba una bota, algunos vestigios de algas y tres condones usados.

Yo había pedido agua pero recibí un ajenjo de un rosado azul, que tenía en su centro un cubo como de hielo seco que se derretía con la plática sobre loros parlantes, los más inusuales nombres de pila, y un repertorio de personajes ya muertos, mientras en el radio daban el marcador de un juego de pelota en el que o todos habían muerto o el resultado no tenía ningún sentido.

Un mesero ha recitado una letanía interminable de especiales, con la creatividad poética de cualquier Bretón o cualquier Tzara García y me hace imaginarme una lechuga que perversa salta de un trampolín para ensartar su enhiesto tallo en la concupiscente suavidad de un puré de papas, apenas sonrojado del carmesí de la remolacha que languidece sobre él.

El mesero habla y habla, erguido, mientras yo, sentada, lo escucho y no acierto a atrapar ninguna de las palabras que como liebres se le escapan de la boca. El mesero me mira molesto, sabe que de lo que dice yo no entiendo nada, y que actúa como bálsamo del olvido, y después de su perorata no atino ni a decir cuál es mi nombre ni como llegué al asiento que ahora ocupo.

Ese mesero no sabe que en este momento me siento tan hermanada con él, y pienso que pararse al frente de un salón de clases y dar una cátedra sobre el muralismo mexicano o explicar el subjuntivo, es exactamente igual que explicar la frescura de los cayos de hacha y de los ostiones y el salmón de Alaska, y no sabe que ganarse a un estudiante es lo mismo que trabajar por propinas.

En el baño una botella de antiséptico azul se me insinuaba con su cachondo "bébeme, bébeme, tú sabes que quieres…"

Y un atún a medio asar se debatía con una langosta bailando un Charleston mientras alguien en el baño cantaba igualito que Ella Fitzgerald y por más que metía yo la cabeza en el excusado no lograba encontrarla.

Alrededor de la mesa la conversación crecía, de boca en boca, de lado a lado, en un ridículo teléfono descompuesto que iba del inglés al francés, del francés al portugués, pasaba por el alemán y se transmutaba en mandarín, pero mi español no atinaba ni al polaco, ni al farsi, ni al islandés (a pesar de conocer todas las canciones de Björk), ni al yidish, pero lográbamos, incansables, hacer llorar de la risa a Carpentier, a Sarduy y a Cabrera Infante con sus inconsolables tigres.

El camino de regreso no fue menos extraño, ni atinamos a comprendernos, pero yo cerré los ojos y me dejé arrullar por una discusión interminable sobre esta cosa y otra, con una rutina que se escuchaba idéntica a aquélla de “Who’s on first?” y yo me reía a pesar de que hablaban ya de alguien que había recién muerto, de cáncer, o de alguna otra enfermedad que no puede nunca provocar la risa...

...y yo pedí a gritos una canción de la que desconocía el título, y la música y la letra, e incluso la certeza de que existiera.

Esta noche, ahora bajo mis dedos se descubre y me descubro odiosa, habiendo pensado demasiado, y bebido demasiado, y comido demasiado, y ahora me iré a dormir pensando que cierta deidad alucinógena no atinará a darme una fantasía tan ilógica como ésta.

domingo, 20 de julio de 2008

Hace veinte años el día de hoy...

que el Sargento Pimienta le enseñó a tocar a la banda, han estado dentro y fuera de moda, pero está garantizado que los harán sonreír. Así que déjenme presentarles, el espectáculo que han conocido por todos estos años...

El club de los corazones solitarios del Sargento Pimienta

Siempre he pensado que podría decirse todo mediante las títulos y las letras de las caciones de los Beatles. Si bien no los únicos y (aunque excelentes) no los mejores, son sin cuestiamiento la música más ensartada en mi pecho. ¿Y en qué recae esta posibilidad de un dialecto emocional completo en beatle? Pues nada más y nada menos que en la abundancia de su producción y eclecticismo de temas.

Más de alguno que me lee, en carne viva debió sufrir mi amor por los Beatles. ¿Qué quieren que haga? No es posible dejar de pensar en todas y cada una de las personas con las que he tenido el placer, la fortuna o incluso el disgusto de toparme en esta vida, con una creación del cuarteto de Liverpool.

Por esto, declaro un ejercicio creativo de intitular cada entrada de este blog de ahora en adelante (hasta previo aviso) con un título o una cita de alguna de sus canciones, ya sea en traducción o parafrasis.

Y qué más decir, además de que sé que lo lograré con una pequeña ayuda de mis amigos...

lunes, 14 de julio de 2008

Más espuma

He estado yendo al gimnasio, más a fuerzas que de ganas, sólo para quitarme de encima los diez años extra que un sádico instructor , después de una evaluación física, dijo que cargo con mi deplorable condición. Aunque la verdad creo que sobre todo lo que me jodió fue mi falta de flexibilidad (fuera de chistes, ya sé que la Güera se doblará de risa recordando mis nervios cortos y mi pisada de garra.)

Pero ahí voy, y gracias al Ipod lleno de música guapachosa o contestataria sobrevivo las largas sesiones en el gimnasio de la universidad en la que chambeo.

¿Y para qué cuento esto, además de para causar pena ajena? Pues porque escuchando música he estado repasando el soundtrack de mi vida, lo cual contribuye a esta reencontrada nostalgia que cargo ultimamente, no sé, quizás el haber regresado cuasipermanentemente al terruño, pone en perspectiva los seis años de exilio que me cargué.

Me he dado cuenta de cuantas canciones me dan ganas de llorar, todas las de los Beatles por obvias razones (para quien me conozca), las de los Doors, "Black" de Pearl Jam y todas las rolitas que canté en las bandas garageras a las que tuve el breve placer de pertenecer (y de donde me corrieron), en fin, un chingo.

La música ahí está despertando la memoria como el olor y el sabor de una madeleine que amenaza ponerme a escribir tomos y tomos dedicados a mi pasado, todas las cosas dichas a medias, todas las conversaciones que faltan, las conversaciones mentales que todavía tengo con viejos amigos.

Pero me repongo porque finalmente no debe haber una visión más deprimente que alguien llorando a moco tendido sobre una caminadora elíptica.

Pero siguiendo con las cosas que me suceden en el gimnasio me pasa que me pongo a pensar y pensar, y me doy cuenta que un gimnasio no es un buen lugar para un poeta, y que a la anoréxica a mi izquierda no le importa que yo sepa lo que es la sinestesia, o un oxímoron. Del mismo modo el tipo que está colgado de la barra alta y sube y baja verticalmente su cuerpo invertido, no sabe, ni le importa, que yo sepa no sólo lo que es una metáfora, una metonimia y una sinécdoque, sino además que hace a estos tropos diferentes. Nadie en este gimnasio recuerda el terror de ver a Don Chebo apuntar el dedo hacia mí y preguntarme si yo soy un signo, un susantivo o el imperfecto, ni tampoco le importa que yo sepa que el vanguardismo español no fue lo mismo que el avant-garde europeo.

A nadie le importa que entre tanto sudor y lycra spandex a mí se me ocurran versos...

Ahí tiene mi querida Lady Vivianne, más y más espuma.

Y a usted mi querida Doña Herminia Guardagujas, master Iki Nakamura, felicidades porque como dice mi señor marido el Earl de Amurray, ya es maistra, y a pesar de las risas, pues tiene razón, bien dice mi padre que lo bonito de las carreras y los posgrados es cuando uno se da cuenta que ya le enseñaron finalmente cómo pegar tabiques.

Suya por siempre, desde el exilio

Lady Mondegreen
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