Ella habla sola.
Se inventa historias y universos
que yo sólo observo.
En ese mundo suyo yo no quepo.
Alguien ha de contestarle bajito,
le cuenta cosas fantásticas
y la hace reír
como no ha de reírse conmigo.
No me quejo.
Yo estoy siempre inmersa
en un diálogo interminable,
un cuento que no se acaba
con los que no están
o están muy lejos.
En mi mente le hablo a una voz
que no he escuchado en años.
Me pregunto
si esas voces escuchan algún zumbido,
si de repente les llega esa insidiosa inquietud
de haber olvidado algo.
Quizás en esas noches de desasosiego
alguien a quien no escucho
me esté hablando quedo.
Mostrando entradas con la etiqueta divagaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta divagaciones. Mostrar todas las entradas
viernes, 9 de julio de 2010
Ella habla sola
Etiquetas
divagaciones,
maya,
poesía,
yo
lunes, 28 de junio de 2010
Mi doble
![]() |
| Siamese Twins. Fotografía de Diane Arbus |
"Ando buscando un hombre que se parezca a mí
para darle mi nombre, mi mujer y mi hijo,
mis libros y mis deudas.
Ando buscando a quien regalarle mi alma,
mi destino, mi muerte.
Con qué gusto lo haría,
¡con qué ternura me dejaría en sus manos!"
(Jaime Sabines)
para darle mi nombre, mi mujer y mi hijo,
mis libros y mis deudas.
Ando buscando a quien regalarle mi alma,
mi destino, mi muerte.
Con qué gusto lo haría,
¡con qué ternura me dejaría en sus manos!"
(Jaime Sabines)
"Tengo miedo de hallar mi nombre en otro sitio
y hallarla detrás a ella:
espejo brutal de mis carencias.
Debe haber alguien que lleve mi nombre
que comparta este miedo siamés,
este pavor idéntico.
No quiero saber de su existencia.
Que del otro lado de la tierra
ella me tema."
(P.Z.)
Hace como dos años programé una alerta en Google para el título de mi libro, la revista en la que colaboro y mi nombre. El propósito era enterarme si salía alguna nota en prensa. Después de las presentaciones no había recibido absolutamente nada pero la semana pasada recibí una sobre una mención de mi nombre en un sitio que no conocía.
Me intrigó.
Resulta que no era sobre mí, sino sobre alguien que comparte mi mismo nombre. Para la gran mayoría esto no tiene más relevancia, pero para mí sí. Es que tengo un nombre bastante peculiar. Mi apellido es inusual para el país en el que vivo y estoy acostumbrada a deletrearlo todo el tiempo.
Lo hacía igual cuando vivía en otro país.
Incluso la combinación de mi nombre y mi apellido no había aparecido en Google además de mis propias menciones. Por esto estoy acostumbrada a pensar en la combinación de sus sílabas como algo muy íntimo y personal.
Tiene sus ventajas tener un nombre inusual, pero también un enorme problema: perder la capacidad del incógnito: no puedo esconder algo vergonzoso cobijándome en la invisibilidad que un nombre común podría ofrecerme.
Con curiosidad, miedo y rencor visité el sitio. Esperaba descubrir algunas características de mi homónimo para imaginarme esa vida alterna que tiene mi nombre.
Recibí más que eso: había una foto.
Ahora poseo la imagen indeleble que mi alter ego observa cada mañana en el espejo.
Y me entretengo pensando si, a su vez, ella piensa en mí.
Etiquetas
divagaciones,
nombre,
yo
martes, 29 de septiembre de 2009
These are a few of my favorite things
Cantaba la Novicia Rebelde que frente a la adversidad sólo había que pensar en las cosas favoritas para no sentirse tan mal. A mí me pasa una cosa rara con mis cosas favoritas que no sé si es lo que le pase a todo el mundo. Mi hermano por ejemplo, cuando éramos niños, siempre rentaba la misma película en Videocentro, el razonamiento era el siguiente: "Si ya sé que esta película me gusta, ¿para qué arriesgarme a rentar una película que nunca he visto y que no sé si me gustará?". Él tenía una fe ciega en sus cosas favoritas, en su presencia constante.
A mí nunca me han podido resguardar mis cosas favoritas de ese modo. Me pasa con las canciones, con las películas, con los libros. Para mí esas cosas favoritas van de la mano con un momento fugaz e irrepetible: las cosas favoritas son para guardarse, experiencias únicos que no han de repetirse nunca.
Me cuesta trabajo escuchar mis canciones favoritas: una vez de regreso de una fallida entrevista de trabajo se comenzaron a escuchar en el radio los primeros acordes de una oscura y preciada melodía: tuve que apagarlo entre fuertes sollozos de plañidera.
Mis cosas favoritas están guardadas como se resguarda un preciado nombre impronunciable: en algún sitio de la mente o del corazón se guarda la dolorosa astilla de un segundo perdido para siempre en el espacio.
¿Cómo explicarle a los compañeros anónimos de un elevador, por ejemplo, que no estoy allí en un viaje entre el sótano y el piso más alto, sino en la tarde lluviosa de mis trece años, tendida en las lozas frías de mi casa de infancia escuchando "While my guitar gently weeps" con unos enormes audífonos, sólo porque a alguien se le ocurrió poner de ambientación a The Beatles?
No, a mí no me hacen sentir mejor conjurar mis cosas favoritas, pero me hacen feliz sabiéndolas protegidas y encerradas en algún recóndito lugar del cuarto de atrás de la memoria.
A mí nunca me han podido resguardar mis cosas favoritas de ese modo. Me pasa con las canciones, con las películas, con los libros. Para mí esas cosas favoritas van de la mano con un momento fugaz e irrepetible: las cosas favoritas son para guardarse, experiencias únicos que no han de repetirse nunca.
Me cuesta trabajo escuchar mis canciones favoritas: una vez de regreso de una fallida entrevista de trabajo se comenzaron a escuchar en el radio los primeros acordes de una oscura y preciada melodía: tuve que apagarlo entre fuertes sollozos de plañidera.
Mis cosas favoritas están guardadas como se resguarda un preciado nombre impronunciable: en algún sitio de la mente o del corazón se guarda la dolorosa astilla de un segundo perdido para siempre en el espacio.
¿Cómo explicarle a los compañeros anónimos de un elevador, por ejemplo, que no estoy allí en un viaje entre el sótano y el piso más alto, sino en la tarde lluviosa de mis trece años, tendida en las lozas frías de mi casa de infancia escuchando "While my guitar gently weeps" con unos enormes audífonos, sólo porque a alguien se le ocurrió poner de ambientación a The Beatles?
No, a mí no me hacen sentir mejor conjurar mis cosas favoritas, pero me hacen feliz sabiéndolas protegidas y encerradas en algún recóndito lugar del cuarto de atrás de la memoria.
Etiquetas
cuarto propio,
divagaciones,
equipajes,
memoria,
nostalgia,
objetos,
recuerdos
miércoles, 8 de julio de 2009
Una multitud dispersa
Los últimos días han sido extraños, algunos buenos y algunos muy malos. Y hoy por la noche me enteré que La Gaceta de la UdeG publicó un par de poemas míos, de hecho hace tres gacetas. (Lunes 22 de junio 09, p. 12, Hora Cero)
En una de esas coincidencias del universo uno de los poemas que publicaron fue aquel que dice que"digo / que no llevamos dentro sino una multitud dispersa" y hoy más que nunca, tras el cansancio de explicar por enésima vez a una cabeza muy dura que el subjuntivo y el indicativo se usan, no de acuerdo a la realidad física de nuestro mundo, sino a lo que el hablante cree es la realidad y lo que quiere expresar; tras malas noches de insomnio y algunos desbalances químicos, me siento más que nunca como una multitud dispersa.
Así que en honor a esta dispersidad que soy esta noche escribo algunas ideas inconexas:
1. Mi querido señor Macaco, sí creo que con la edad uno se vuelve aburrido, y además idéatico y además bastante chochón. Uno de mis alter egos se levanta todas las mañanas esperando disfrutar a mi analista político radial en camino al trabajo. Mi idea de verdadero placer es dormir diez horas seguidas a partir de la hora en que solía cantar la familia Telerín y ocupan demasiadas horas de mi vida considerar el porcentaje de fibra de mi dieta.
2. Mi voyerismo ha alcanzado niveles alarmantes, leo demasiados blogs de conocidos y desconocidos con la fidelidad de quien religiosamente sigue las novelas del 2.
3. He perdido toda mi paciencia con una cierta persona que día a día me pregunta cerca de veinte preguntas sobre gramática además de brindarme las más condescendientes caras cada vez que pregunto si algo queda claro. ¿Cómo explicarle que el lenguaje es un organismo vivo, diabólico, contrario, caótico, bizarro, arbitrario y en constante evolución? Así que, querida estudiante que no manejas el suficiente español para leer esto, deja de hacerme caras porque no entiendes el por qué de algo que no tiene por qué.
4. Mi computadora está en las últimas. ¿A qué santo se le reza para alcanzar a respaldar mi información antes de perderla para siempre? ¿Hay alguien en el vaticano encargado de actualizar el santoral? Que alguien le pregunte cuál es el bueno porque creo estar jugando a la ruleta rusa de la información.
Y bueno, con permiso que ya se me pasó mi hora de dormir, y mañana no pinta tan bien pensando que tengo que explicar una vez más cuando se usan "lo que" y "lo cual" en español, y dudo que pueda salir del paso diciendole de una vez por todas que se usan solamente por que sí.
En una de esas coincidencias del universo uno de los poemas que publicaron fue aquel que dice que"digo / que no llevamos dentro sino una multitud dispersa" y hoy más que nunca, tras el cansancio de explicar por enésima vez a una cabeza muy dura que el subjuntivo y el indicativo se usan, no de acuerdo a la realidad física de nuestro mundo, sino a lo que el hablante cree es la realidad y lo que quiere expresar; tras malas noches de insomnio y algunos desbalances químicos, me siento más que nunca como una multitud dispersa.
Así que en honor a esta dispersidad que soy esta noche escribo algunas ideas inconexas:
1. Mi querido señor Macaco, sí creo que con la edad uno se vuelve aburrido, y además idéatico y además bastante chochón. Uno de mis alter egos se levanta todas las mañanas esperando disfrutar a mi analista político radial en camino al trabajo. Mi idea de verdadero placer es dormir diez horas seguidas a partir de la hora en que solía cantar la familia Telerín y ocupan demasiadas horas de mi vida considerar el porcentaje de fibra de mi dieta.
2. Mi voyerismo ha alcanzado niveles alarmantes, leo demasiados blogs de conocidos y desconocidos con la fidelidad de quien religiosamente sigue las novelas del 2.
3. He perdido toda mi paciencia con una cierta persona que día a día me pregunta cerca de veinte preguntas sobre gramática además de brindarme las más condescendientes caras cada vez que pregunto si algo queda claro. ¿Cómo explicarle que el lenguaje es un organismo vivo, diabólico, contrario, caótico, bizarro, arbitrario y en constante evolución? Así que, querida estudiante que no manejas el suficiente español para leer esto, deja de hacerme caras porque no entiendes el por qué de algo que no tiene por qué.
4. Mi computadora está en las últimas. ¿A qué santo se le reza para alcanzar a respaldar mi información antes de perderla para siempre? ¿Hay alguien en el vaticano encargado de actualizar el santoral? Que alguien le pregunte cuál es el bueno porque creo estar jugando a la ruleta rusa de la información.
Y bueno, con permiso que ya se me pasó mi hora de dormir, y mañana no pinta tan bien pensando que tengo que explicar una vez más cuando se usan "lo que" y "lo cual" en español, y dudo que pueda salir del paso diciendole de una vez por todas que se usan solamente por que sí.
Etiquetas
divagaciones,
lengua,
ñoñez,
poesía
viernes, 29 de mayo de 2009
Niñas tontas o apología de Nora Helmer
Si una estudia Letras, más pronto que nunca se ve enfrentada a la obra de Ibsen "Casa de muñecas" con su legendario personaje de Nora.
Había tanto que decir sobre todo con mi idealista y apenas naciente feminismo.
Hago una mueca nomás de recordar las sandeces que debí haber escrito, clicheadas premisas, estructurales y cansadas fragmentaciones de la trama y los personajes.
¿Qué le va a hacer uno? Por lo menos los dieciocho años no duran para siempre y mis antiguos trabajos ensayísticos sucumbieron frente a mi afortunado olvido y mi natural desorden.
Lo que me queda de Nora es un aterrorizante pavor que ha plagado mi vida por
una casta femenina a la que yo llamo "niñas tontas" y a la que Shirley Manson les
cantaba aquéllo de "stupid girl... you pretend you're high, pretend you're bored,
pretend you're everything, just to be adored..."
Las niñas tontas solían darme miedo. O al menos eso pensaba yo, me atemorizaba el arquetipo trazado por ellas, un arquetipo en que no había manera de hacerme pasar por enmedio.Hoy, en una apología de Nora debo finalmente admitir que no es mi aberración a la niña tonta que escribe Ibsen lo que desata mi terror. No, el pavor que siento no se dirige a Nora, sino a mí:
La gran epifanía del día es descubrir que el miedo, que el gran paralizante terror está en encontrar en el espejo la imagen simplona e ingenua de una niña tonta."I'm fortune's fool"!
Romeo in Romeo and Juliet, Shakespeare¿Por qué nos aterra tanto esa niña tonta que llevamos dentro?
El día de hoy la acepto, la saco del cuarto de atrás donde se guardan las vergüenzas y los defectos. Todo este tiempo tuve miedo de actuar como una niña tonta, de que me llamaran la atención las cosas brillantes, los collares de cuentas de espejo, los tocados de plumaje de pavo real, los brazaletes de granate, los hilos de perla, los kaleidoscopios y las perfectas y detalladas casas de muñecas (como aquélla que nos compartiste Belén).
Pronto aprendí que para evitar ser una niña tonta una no dice que "le apasiona la literatura" sino que "le interesa un análisis a profundidad de un corpus literario". Una niña tonta dice como Mané de "El Inocente":
"Ah! Pero si todo está dificilísimo!"
No, una mujer empoderada sabe que todas las cosas son posibles y sedisculpa, antes de cualquier cosa por los contingentes errores que pueda cometer, y lo realiza todo sin esperar cumplidos, sin escucharlos tampoco.
Una de mis tías anunció un día muy ufana, después de un par de décadas de un impecabe matrimonio: "Yo ya me cambié al equipo de las tontas" Lo dijo así nomás, como anunciar que ha colgado el banderín del equipo de fútbol de la ciudad, del padre y del marido. "Yo ya soy de las tontas" dijo "porque si el marido te pide que le hagas la maleta dices tú: uyyyyyyy pero si soy taaaan tonta... No me sale"Ese día deje de temerle a la tontería.
Pero hasta hoy reconozco mis miedos, mi terrible culpabilidad de saberme enclosetada niña tonta.
Quizás que lo que quiero decir que mientras nos debatimos siendo Mafaldas y Libertades, esforzándonos por probarnos, por pronunciarnos encaramadas en nuestras cajas de jabón.
A veces... muchas veces...
Habríamos mejor de aceptar a la Susanita que todas llevamos dentro:
Porque al final una es una.
Y si alguien más quiere llamarnos tontas porque, a pesar de un buen trabajo o un título de posgrado, a pesar del arete en la naríz y tatuajes de huesos y calaveras en los brazos, a pesar de los lentes de intelectual y de la plaquita de alumnio con un Dra., Ing. , Lic., Mtra., etc. antecediendo nuestros nombres; todavía nos hace ilusión un manicure francés, una bolsa o una marca de maquillaje de cierto renombre.
El tonto... El verdaderamente tonto... es él.
Etiquetas
alcohol,
arcanos,
delirio,
divagaciones,
ideas,
mafalda,
miedos,
mujer,
mujeres del rock,
niñas tontas,
personajes literarios,
yo
martes, 26 de mayo de 2009
Anacronía
Estoy sentada en un consultorio médico, pacientemente impacientándome sobre el asiento de vinil negro mientras la recepcionista escribe taca que taca en su olivetti mecánica:
"Consultorio del Dr. López y López, ya es paciente del dr? Cuál es su nombre? y su apellido? su segundo apellido? aquí lo ve el dr. mañana a las cinco y media"
Taca que taca que taca
Pero el doctor no lo verá a las cinco y media, ni al cuarto para las seis y quizás ni siquiera para las seis y diez.
Me aburren las salas de espera, aunque hay de salas a salas. Las salas como ésta en la que ahora espero son el peor tipo, son esas salas en las que el tiempo parece no haber transcurrido: de pared a pared paneles de rojiza madera falsa, palmas y helechos de plástico, paredes cubiertas por pinturas pseudo new age y paisajes bobrossistas, una canasta con las mismas revistas médicas de hace años.
Creo recordar visitar al mismo doctor con mis padres hace unos quince o veinte años y creo que todo es exactamente lo mismo...
...Incluyendo la olivetti mecánica y la misma recepcionista escribiendo taca que taca que taca...
A veces pienso que el más allá no es más que otra sala espera de algún doctor que no ha de recibirnos nunca.
Antes creía que todos los consultorios médicos eran así, anacrónicos, pasados de moda (sin llegar nunca a lo retro chic), con el constante taca taca de enormes armatostes y la misma chocante voz de una secretaria que intercala el teléfono (todavía de dial), con la máquina y con un tejido que no ha de acabar: prepotente Penélope feliz de imaginar a su Ulises náufrago.
Pero últimamente he visitado otros consultorios, ahora debe de estar de moda un espartano modernismo: inoxidable, monocromático, frío y terriblemente aséptico con el último Cosmopolitan, Glamour, Vanidades y Quién.
No, el más allá no puede nunca ser como aquéllas salas de espera, en que me ofrecen algo de tomar, o grandes ventanales hacia una ajetreada avenida, o una pantalla mostrando una película de moda.
No...
En la sala de espera del más allá no hay ventanas que me salven de la claustrofobia ni revistas ni voces en la pantalla que atenuen la nasalidad del "ya es paciente del dr?" o del taca taca.
Sigo sentada en esta sala con mis ojos pegados en la puerta esperando verme entrar hace unos quince o veinte años sin nadie que me salve del terrible taca taca taca taca taca...
"Consultorio del Dr. López y López, ya es paciente del dr? Cuál es su nombre? y su apellido? su segundo apellido? aquí lo ve el dr. mañana a las cinco y media"
Taca que taca que taca
Pero el doctor no lo verá a las cinco y media, ni al cuarto para las seis y quizás ni siquiera para las seis y diez.
Me aburren las salas de espera, aunque hay de salas a salas. Las salas como ésta en la que ahora espero son el peor tipo, son esas salas en las que el tiempo parece no haber transcurrido: de pared a pared paneles de rojiza madera falsa, palmas y helechos de plástico, paredes cubiertas por pinturas pseudo new age y paisajes bobrossistas, una canasta con las mismas revistas médicas de hace años.
Creo recordar visitar al mismo doctor con mis padres hace unos quince o veinte años y creo que todo es exactamente lo mismo...
...Incluyendo la olivetti mecánica y la misma recepcionista escribiendo taca que taca que taca...
A veces pienso que el más allá no es más que otra sala espera de algún doctor que no ha de recibirnos nunca.
Antes creía que todos los consultorios médicos eran así, anacrónicos, pasados de moda (sin llegar nunca a lo retro chic), con el constante taca taca de enormes armatostes y la misma chocante voz de una secretaria que intercala el teléfono (todavía de dial), con la máquina y con un tejido que no ha de acabar: prepotente Penélope feliz de imaginar a su Ulises náufrago.
Pero últimamente he visitado otros consultorios, ahora debe de estar de moda un espartano modernismo: inoxidable, monocromático, frío y terriblemente aséptico con el último Cosmopolitan, Glamour, Vanidades y Quién.
No, el más allá no puede nunca ser como aquéllas salas de espera, en que me ofrecen algo de tomar, o grandes ventanales hacia una ajetreada avenida, o una pantalla mostrando una película de moda.
No...
En la sala de espera del más allá no hay ventanas que me salven de la claustrofobia ni revistas ni voces en la pantalla que atenuen la nasalidad del "ya es paciente del dr?" o del taca taca.
Sigo sentada en esta sala con mis ojos pegados en la puerta esperando verme entrar hace unos quince o veinte años sin nadie que me salve del terrible taca taca taca taca taca...
Etiquetas
divagaciones,
memoria,
recuerdos,
yo
martes, 31 de marzo de 2009
Listas
Día con día, con cada revolución de la tierra en su eje y su traslado alrededor del sol, con cada año, con el tiempo, voy formando una lista larga de todas las cosas que sé:
la lista intrincada de mis gustos:
listas innumerables de obligaciones:
conocimientos de la vida moderna que han substituido el instinto básico de supervivencia:
Año con año las listas crecen, aprendo cosas por lo que escucho en la televisión, lo que leo en el periódico o en mis largos ratos de procrastinación en línea, aprende lo que traduzco, lo que me explicas sobre tu trabajo mientras comemos, a pesar de que no me interesa en lo más mínimo el área en la que te especializas.
A veces, no es que aprenda algo nuevo, quizás es sólo que a medida que mi mente envejece finalmente encuentra la forma de decir con palabras lo que siempre le ha sido primal: que ese dolor, que la sensación de caminar entre nubes, que el escozor, que el calor, que el zumbido anuncian que algo no anda bien.
Se acerca el fin de otro año y mis listas crecen.
Me pregunto por qué la necesidad de clasificar y enumerar, de definirme con palabras, de tener listas las estadísticas y las cifras, los datos, la trivia sobre la categoría que soy yo.
¿a quién me alisto a responderle?
¿cuál concurso es este en el que juego?
el teorema de pitágoras, las reglas de acentuación, que la leche materna no puede calentarse en el microondas…
la lista intrincada de mis gustos:
las esdrújulas, el sabor de la coca cola, la novela de un autor que se entrega completo a su locura sin volver nunca la vista atrás, la sensación de la tinta que fluye bien y constante como si saliera de mis propios dedos…
listas innumerables de obligaciones:
los diez mandamientos, varios manuales de estudiante, los señalamientos viales, el juramento a la bandera, la promesa de no dejarte nunca de amar…
conocimientos de la vida moderna que han substituido el instinto básico de supervivencia:
la forma de programar un reloj digital, el teléfono celular, el microondas en vez de la forma eficaz de crear el fuego…
Año con año las listas crecen, aprendo cosas por lo que escucho en la televisión, lo que leo en el periódico o en mis largos ratos de procrastinación en línea, aprende lo que traduzco, lo que me explicas sobre tu trabajo mientras comemos, a pesar de que no me interesa en lo más mínimo el área en la que te especializas.
A veces, no es que aprenda algo nuevo, quizás es sólo que a medida que mi mente envejece finalmente encuentra la forma de decir con palabras lo que siempre le ha sido primal: que ese dolor, que la sensación de caminar entre nubes, que el escozor, que el calor, que el zumbido anuncian que algo no anda bien.
Se acerca el fin de otro año y mis listas crecen.
Me pregunto por qué la necesidad de clasificar y enumerar, de definirme con palabras, de tener listas las estadísticas y las cifras, los datos, la trivia sobre la categoría que soy yo.
¿a quién me alisto a responderle?
¿cuál concurso es este en el que juego?
martes, 24 de marzo de 2009
Estoy enferma
Pero que conste que no es una declaración de mi estado mental (por lo menos no una declaración oficial), sino de mi estado físico.Antes había escrito sobre el tema de la enfermedad en la literatura, pero ahora que estoy congestionada, adolorida, frustrada, con el cuerpo cortado, irritada, mormada, afiebrada, etc. me encuentro que mis idiosincracias literarias han cambiado.
Según parece en estos momentos me vale un soberano cacahuate lo que haya dicho Macedonio Fernández, y no sólo deseo un libro en el cual perderme, sino que me encuentro deseando leer a Corín Tellado, o alguno de esos libritos románticos que venden en las cajas de los supermercados.
Pero como la pena no (ni la enfermedad) me dejará ir al super creo que terminaré buscando algo en fictionpress.com o peor aún, en fanfiction.com leyendo alguna historiecita de los X-files o Bones o Moonlighting o Remington Steele o cualquier otra serie sobre dos personas que deberieron juntarse en la primera temporada pero no lo hicieron para que el programa siguiera vivo.
A lo mejor por eso en los consultorios médicos siempre tienen el Vanidades y la revista Quién, que si bien es la página social del periódico elevada a la N potencia, se lee igual que cualquier cosa que Corín o Caridad Bravo Adams haya escrito. Porque ese México de la revista Quién me resulta tan ajeno y extraño como "el piso de Marie-Chantal en Madrid, en el que ella camina vistiendo su chandal y sus chinelas".
pd. Nunca he sabido que es un chandal o unas chinelas.
Delirantemente suya,
Lady M.
Etiquetas
delirio,
divagaciones,
enfermedad,
literatura light
miércoles, 18 de marzo de 2009
En el nombre del nombre
What's in a name? that which we call a rose
By any other name would smell as sweet;
Romeo y Julieta, William Shakeaspeare
By any other name would smell as sweet;
Romeo y Julieta, William Shakeaspeare
Y que sólo en tu tierra le dan a un hombre espada y pluma
y le encomiendan, como a Adán,
ir a nombrar todas las cosas nuevas
que para su egoísta asombro
sólo dos pasos adelante se van creando.
La Conquista, P. Zulaica
Nombrar las cosas
Me he puesto a pensar en los nombres de las cosas. Pensar que hay personas que se dedican y viven de imponer los nombres: A alguien le pagaron por decidir el mejor nombre, el más atractivo, para la computadora en la que escribo, o el agua embotellada de la que bebo. Un nombrador profesional o acaso un ejecutivo de mercadeo que han nombrado cada uno de los productos en mi alacena.
Todos, en algún momento, le hemos puesto nombre a algo: al gato que un día se apareció en la puerta (a pesar de que mamá decía que no había que darle ni nombre ni alimento o se quedaría para siempre), a un poema, a una canción, a una guitarra, a un vocho... vamos, hasta un sombrenombre a algún camarada. Algunos, como yo, hemos vivido ya la experiencia de nombrar a un hijo.
Mi papá, por ejemplo, tiene un don para los nombres: Yo tuve un gato al que bautizó Rasputin (y como su homónimo tenía la misma malicia diabólica) además de que tiene ya el nombre del rancho que comprará cuando se gane el melate y el nombre también del caballo que vivirá en aquel rancho hipotético.
Un nombre es algo íntimo e incluso tal vez determinante. Y aún así, la paradoja es que nadie tenemos nada que ver con el nombre que por azar nos toca. Hace algunos meses leí sobre una pobre niña, a la que el estado neozelandés tuvo que intervenir para ordenar el cambio de su nombre ya que sus padres la nombraron oficialmente como "Tallulah does the hula from Hawaii" y así también, el gobierno estadounidense tomó la custodia de tres niños a los que sus padres pusieron nombres de nazis: Adolf Hitler Campbell, Joyce Lynn Aryan Nation Campbell, y Honszlynn Hinler Jeannie Campbell.
Hay algo poderoso y ritualístico en el acto de nombrar las cosas y a las personas. La creación se realiza por medio del acto de habla de nombrar las cosas. Un nombre tiene una carga muy poderosa: como el impronunciable nombre de Dios.
Si vivimos bajo el peso de un nombre otorgado arbitrariamente, un nombre que ha labrado en parte el camino, y que ha sido la bandera bajo la cual navegar ¿cuál sería el nombre propio, íntimo y secreto?
¿Cuál sería el apelativo, la definición, el nombre impronunciable que me impondría a mí misma para crearme?
La palabra desconodida cuyo sabor llevo por siempre debajo de la lengua.
y le encomiendan, como a Adán,
ir a nombrar todas las cosas nuevas
que para su egoísta asombro
sólo dos pasos adelante se van creando.
La Conquista, P. Zulaica
Nombrar las cosas
Me he puesto a pensar en los nombres de las cosas. Pensar que hay personas que se dedican y viven de imponer los nombres: A alguien le pagaron por decidir el mejor nombre, el más atractivo, para la computadora en la que escribo, o el agua embotellada de la que bebo. Un nombrador profesional o acaso un ejecutivo de mercadeo que han nombrado cada uno de los productos en mi alacena.
Todos, en algún momento, le hemos puesto nombre a algo: al gato que un día se apareció en la puerta (a pesar de que mamá decía que no había que darle ni nombre ni alimento o se quedaría para siempre), a un poema, a una canción, a una guitarra, a un vocho... vamos, hasta un sombrenombre a algún camarada. Algunos, como yo, hemos vivido ya la experiencia de nombrar a un hijo.
Mi papá, por ejemplo, tiene un don para los nombres: Yo tuve un gato al que bautizó Rasputin (y como su homónimo tenía la misma malicia diabólica) además de que tiene ya el nombre del rancho que comprará cuando se gane el melate y el nombre también del caballo que vivirá en aquel rancho hipotético.
Un nombre es algo íntimo e incluso tal vez determinante. Y aún así, la paradoja es que nadie tenemos nada que ver con el nombre que por azar nos toca. Hace algunos meses leí sobre una pobre niña, a la que el estado neozelandés tuvo que intervenir para ordenar el cambio de su nombre ya que sus padres la nombraron oficialmente como "Tallulah does the hula from Hawaii" y así también, el gobierno estadounidense tomó la custodia de tres niños a los que sus padres pusieron nombres de nazis: Adolf Hitler Campbell, Joyce Lynn Aryan Nation Campbell, y Honszlynn Hinler Jeannie Campbell.
Hay algo poderoso y ritualístico en el acto de nombrar las cosas y a las personas. La creación se realiza por medio del acto de habla de nombrar las cosas. Un nombre tiene una carga muy poderosa: como el impronunciable nombre de Dios.
Si vivimos bajo el peso de un nombre otorgado arbitrariamente, un nombre que ha labrado en parte el camino, y que ha sido la bandera bajo la cual navegar ¿cuál sería el nombre propio, íntimo y secreto?
¿Cuál sería el apelativo, la definición, el nombre impronunciable que me impondría a mí misma para crearme?
La palabra desconodida cuyo sabor llevo por siempre debajo de la lengua.
Etiquetas
divagaciones,
nombre,
objetos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





disculpa, antes de cualquier cosa por los contingentes errores que pueda cometer, y lo realiza todo sin esperar cumplidos, sin escucharlos tampoco.
![[Libertad.gif]](https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhXT19daU5Fp6gV5liWYp5uXpjuqycCqVXri0N2zHr57TMQ_G2OkFtUkuB0GQR8g0mDSecB4KiF0YNzZFKEb_Sv81My1fdlQduPEFgPrSQx0IEQGxxt7uUqj8fGzrFurCiDo4C3j-P8i8Zz/s1600/Libertad.gif)
