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martes, 20 de julio de 2010

En un lugar de la Mancha...

Porque tengo insomnio crónico de toda la vida, o porque soy voyerista (metiche diría mi mamá) siempre estoy revisando los libreros de los demás. No por criticar (aunque sí, me declaro snob literaria) sino por buscar algo para leer.

Conciliar el sueño es una de las cosas más difíciles que puedo imaginarme, y hacerlo en una cama ajena mucho peor, por eso necesito leer, ver la tele o perder el tiempo en internet. Hay un sitio donde a veces me quedo donde no puedo hacer ninguna de estas cosas, lo cual hace que me entre un ataque de ansiedad cada noche que tengo que pasar ahí ¿Por qué? No hay tele en el cuarto, bajan el switch del internet y en el librero de la sala sólo están los libros de la SEP y una enciclopedia del hogar.

Esto me sorprendió mucho la primera vez que me di cuenta porque, si bien en México el promedio de lectura es de un libro por cabeza por año (y mira que hay muchas personas que me han encargado su cuota) me parecía que en cada hogar tenía que haber por lo menos un Quijote. Que conste que no digo que todo hispano-hablante lo haya leído, sino que pensaba que junto con el canal 2, alguien se hacía cargo de que en cada hogar hubiera un Quijote y una enciclopedia Salvat roja (esa que creo que se vendía por metro en los setentas).

Ayer estaba esperando en una de esas salas minimalistas de un sitio público y noté que en el librero, además de un jardín japonés y algunas otras chucherías había algunos pocos libros (la mayoría de arte) y me pregunté si el viejo hidalgo se encontraba entre ellos.

y sí.

Ahí estaba.


¿Cuántos Quijotes habrá perdidos en libreros que nunca han sido leídos?

Mi pregunta del mes es: ¿Cuál libro no podía faltar en cada librero al que tenías acceso en tu infancia?

martes, 29 de septiembre de 2009

These are a few of my favorite things

Cantaba la Novicia Rebelde que frente a la adversidad sólo había que pensar en las cosas favoritas para no sentirse tan mal. A mí me pasa una cosa rara con mis cosas favoritas que no sé si es lo que le pase a todo el mundo. Mi hermano por ejemplo, cuando éramos niños, siempre rentaba la misma película en Videocentro, el razonamiento era el siguiente: "Si ya sé que esta película me gusta, ¿para qué arriesgarme a rentar una película que nunca he visto y que no sé si me gustará?". Él tenía una fe ciega en sus cosas favoritas, en su presencia constante.

A mí nunca me han podido resguardar mis cosas favoritas de ese modo. Me pasa con las canciones, con las películas, con los libros. Para mí esas cosas favoritas van de la mano con un momento fugaz e irrepetible: las cosas favoritas son para guardarse, experiencias únicos que no han de repetirse nunca.

Me cuesta trabajo escuchar mis canciones favoritas: una vez de regreso de una fallida entrevista de trabajo se comenzaron a escuchar en el radio los primeros acordes de una oscura y preciada melodía: tuve que apagarlo entre fuertes sollozos de plañidera.

Mis cosas favoritas están guardadas como se resguarda un preciado nombre impronunciable: en algún sitio de la mente o del corazón se guarda la dolorosa astilla de un segundo perdido para siempre en el espacio.

¿Cómo explicarle a los compañeros anónimos de un elevador, por ejemplo, que no estoy allí en un viaje entre el sótano y el piso más alto, sino en la tarde lluviosa de mis trece años, tendida en las lozas frías de mi casa de infancia escuchando "While my guitar gently weeps" con unos enormes audífonos, sólo porque a alguien se le ocurrió poner de ambientación a The Beatles?

No, a mí no me hacen sentir mejor conjurar mis cosas favoritas, pero me hacen feliz sabiéndolas protegidas y encerradas en algún recóndito lugar del cuarto de atrás de la memoria.

martes, 26 de mayo de 2009

Anacronía

Estoy sentada en un consultorio médico, pacientemente impacientándome sobre el asiento de vinil negro mientras la recepcionista escribe taca que taca en su olivetti mecánica:

"Consultorio del Dr. López y López, ya es paciente del dr? Cuál es su nombre? y su apellido? su segundo apellido? aquí lo ve el dr. mañana a las cinco y media"

Taca que taca que taca

Pero el doctor no lo verá a las cinco y media, ni al cuarto para las seis y quizás ni siquiera para las seis y diez.

Me aburren las salas de espera, aunque hay de salas a salas. Las salas como ésta en la que ahora espero son el peor tipo, son esas salas en las que el tiempo parece no haber transcurrido: de pared a pared paneles de rojiza madera falsa, palmas y helechos de plástico, paredes cubiertas por pinturas pseudo new age y paisajes bobrossistas, una canasta con las mismas revistas médicas de hace años.

Creo recordar visitar al mismo doctor con mis padres hace unos quince o veinte años y creo que todo es exactamente lo mismo...

...Incluyendo la olivetti mecánica y la misma recepcionista escribiendo taca que taca que taca...

A veces pienso que el más allá no es más que otra sala espera de algún doctor que no ha de recibirnos nunca.

Antes creía que todos los consultorios médicos eran así, anacrónicos, pasados de moda (sin llegar nunca a lo retro chic), con el constante taca taca de enormes armatostes y la misma chocante voz de una secretaria que intercala el teléfono (todavía de dial), con la máquina y con un tejido que no ha de acabar: prepotente Penélope feliz de imaginar a su Ulises náufrago.

Pero últimamente he visitado otros consultorios, ahora debe de estar de moda un espartano modernismo: inoxidable, monocromático, frío y terriblemente aséptico con el último Cosmopolitan, Glamour, Vanidades y Quién.

No, el más allá no puede nunca ser como aquéllas salas de espera, en que me ofrecen algo de tomar, o grandes ventanales hacia una ajetreada avenida, o una pantalla mostrando una película de moda.

No...

En la sala de espera del más allá no hay ventanas que me salven de la claustrofobia ni revistas ni voces en la pantalla que atenuen la nasalidad del "ya es paciente del dr?" o del taca taca.

Sigo sentada en esta sala con mis ojos pegados en la puerta esperando verme entrar hace unos quince o veinte años sin nadie que me salve del terrible taca taca taca taca taca...

jueves, 26 de febrero de 2009

Porque mis impresionables años fueron los 80


Anoche mis entrañables amigos y yo charlamos y nos reimos hasta la medianoche recordando las grandes influencias de nuestra infancia.

La necesidad que compartimos todos, de recordar y enlazarnos mediante la misma incapacidad de entender de qué se trataba La princesa de los mil años, pero con la certeza de que era un genial y vanguardista. O la obra de arte que era Remi, a pesar de hacer a mi generación propensa a la tragedia y la depresión.

Pensar que tal vez el gusto por la literatura y los libros se la debamos al Tesoro del saber. Y debatir si Mafafa era Musguito o Mosquito (yo digo que era Musguito).

Cantar sin pena Tú la guitarra y yo maracas, o discutir la maravilla de lo incestuoso de las canciones de Pimpinela.

Acordar que La ballena Josefina y Clementine eran casi obras surrealistas.

Saber, que los ochenta estilísticamente podrá haber sido la década más kitsch, pero finalmente, determinante en quienes somos hoy.

martes, 17 de febrero de 2009

Estéticamente anticuada o cómo descubrí que he pasado de moda


Tengo una amiga entrañable en una vida, o mejor dicho, una geografía, anterior. En su cubículo del tétrico sótano que llamamos nuestra oficina tiene una prominente fotografía de una familia. La foto se ve apenas un poco descolorida, el padre tiene un bigote prominente como de película de los Almada, la madre y las dos hijas portan un corte de pelo indeterminable. La madre además usa unos lentes que aproximadamente cubren dos tercios de su cara. Todos llevan ropa con texturas y diseños de antaño, la ropa demasiado anticuada para considerarse retro cool.

La primera vez que vi la foto no dije nada, por temor de que fueran parientes suyos.

-¿De cuándo crees que es esta foto?- Me preguntó.
-No sé, ¿de los setentas?
-No me lo vas a creer... Por eso la tengo aquí, la foto la tomaron en 199...

En algún sitio vive una familia que en los años noventa parecía congelada en una fotografía setentera.

Ser cool, estar en la onda, permanecer au courant, vivir a la vanguardia... Esa familia nunca contará con estos epítetos.

Hubo un momento en mi adolescencia en que no escuché una sola nota de música de moda. No tengo la menor idea de qué era popular en los noventa. Me pasaba las tardes tirada sobre las frías baldosas del comedor de mi casa, conectada al tocadiscos con unos audífonos idénticos a los de Jacobo Zabludosky cuando hablaba con su sempiterna y fiel Lupita. Yo era retro antes de conocer la palabra. Me llegué a ir a la prepa calzando los zapatos de mi abuelo muerto y su guayabera morada bordada con blanco punto de cruz, además de la camisa azul con escarola del esmoking de graduación de mi papá.

Yo me sentía bien, me sentía diferente. Tan fuera de moda que forzosamente debía ser vanguardista, excéntrica, loca. Todos esos adjetivos me gustaban.

Hoy descubrí esperando en el coche una canción de Amy Winehouse. La canción sonaba a Motown pero dudé que Rehab fuera un motivo usual en aquellos tiempos. Pues resulta que he estado viviendo en la oscuridad otra vez, aunque ya no existan, ni aquel comedor, ni el tocadiscos ni los audífonos jacobinos color mostaza.

Ahora veo que aquella familia y yo no somos tan distintos después de todo.

miércoles, 4 de febrero de 2009

La fotografía

Francisco Ayala escribió una escena maravillosa en su libro vanguardista Cazador en el alba, allá por 1930, en la que una pareja sale un domingo a tomarse una fotografía para inmortalizar su idilio, pero al revisar el album del fotógrafo buscando inspiración se dan cuenta de lo tétricas que resultan las imágenes puesto que: “cualquier día pueden salir en la crónica negra de los periódicos […] Todas sufren un destino trágico, de crimen pasional, aunque no todas lo cumplan… (37)

Mi queridísima amiga Herminia Guardagujas escribió un poema maravilloso "Qué tristes salimos en la foto", que siempre me hace pensar en la vanguardia y su asombro con la maravilla de la fotografía y el cinematógrafo, pero más que nada, con ese instante vuelto inmortal de un segundo compartido por dos.

Y hoy me encontré con este voyerísticamente delicioso post de Campanas de Belén, sobre una foto y una historia que me empiezo a inventar en la cabeza.

Hay tantas historias detrás de una fotgrafía, y sobre todo, de una fotografía de estudio.

Y pensar, además, en un momento, en una vida personal procesada mecánicamente por la máquina. Pensar, como esas culturas que creían que al retratarse perdían su alma, o como decía un maravilloso profesor, que la fotografía es el verdadero vampiro que no morirá nunca.

lunes, 19 de enero de 2009

El Macaco me hizo pensar...

No ha sido la primera vez, pero el señor primate me hizo pensar en una pregunta que me hice años atrás en circunstancias muy distintas. Bueno, me explico un poco, el buen Macaco me hizo un comentario sobre mi muy hermética entrada sobre el hermetismo del texto y la traducción, contándme una anécdota que me divirtió mucho, de cómo leer una historia traducida había sido distinta a cómo la leyó en su versión original.

...y me hizo pensar en aquella tarde en Tanglewood cuando a duras penas lo conocía a él y él comentaba lo que le agradaba de mí, y claro está, mi escéptica y deprecativa mitad se preguntaba y le preguntaba a él, si algo en ese naciente idilio podía ser cierto, que si acaso la personalidad es algo traducible.

La duda me ha plagado por años:

¿La mujer que él ama, la mujer que él consciente (y lingüísticamente) aprende y aprehende en su lengua materna, puede ser la misma imagen de mujer que yo sostengo para que mi realidad tenga sentido?

Dicho de otro modo, siempre me lo pregunto:

¿No será que él no puede conocer más que una pobre y traidora versión de mí?

"Yo ya lo sabía,
pero quise engañarme
y pensar que en algún momento
leerías en mí
algo más que la más traicionera versión
de mi boca."

Después de Babel

miércoles, 14 de enero de 2009

El arte de odiarse a sí mismo

Cuando estaba en la prepa yo creía en todo, en la revolución, la bondad de los extraños, la selección nacional, la paz porque todo podía solucionarse if you only give peace a chance, en la poesía, los concursos literarios, la izquierda y la derecha, Dios, la superstición y el subcomandante Marcos.

Después, en la facultad descubrí lo que era la ingenuidad. Descubrí que lo chic era dudar de todo, decidí que "yo sólo creo que no creo en nada". Que a los amigos se les aprecia mucho, pero al final de cuentas cada quien se rasca con sus propias uñas. Que si algo quería tenía que hacerlo posible yo solita. Y a pesar de todo, que si alguien se merece mi odio, el mayor odio también era sólo para mí.

Self-deprecation humor es siempre mi preferido, y el verso más romántico que puedo pensar es de Sabines que le dedica al ser amado "la mitad del odio que guardo para mí".

Hoy no me siento ni una cosa ni la otra, mi bandera es sólo mi contradicción y vivo mis días en el péndulo constante de idealismo a escepticismo y vice versa.

Y mi odio personal no es el de antes, que restrospectivamente sería bautizado como emo. No, ese odio personal me hace sonreír como Annie Hall y todas las cintas de Woody Allen.

Ya ves, odiarse a sí mismo, es todo un arte.

martes, 5 de agosto de 2008

¿Te acuerdas?

Se invita a los dueños de los recuerdos a continuación a pasar por ellos de viernes a sábado, de las dos a las cuatro de la mañana.

1. ¿Te acuerdas cuando te dije que un día estarías gordo y se te caería el pelo, y mi cabello estaría aún largo pero completamente blanco? Tú te reíste con la imagen, pero hoy me parece que ambos vamos haciendo nuestra parte al respecto. Me pregunto si aún tendrás ganas de reírte.

2. ¿Te acuerdas del papel de las cartas en las que yo te escribía de muy lejos? A mí me gustaba tanto encontrar papel interesante, amarillo con diseños de damasco, tarjetas con la caricatura de algún escritor como Poe o Woolf. Esos primeros meses de exilio sobreviví sólo escribiéndote a ti.

3. ¿Te acuerdas del día del temblor? Me estabas peinando antes de irme a la escuela cuando el espejo comenzó a cimbrarse. Yo no sabía qué era eso que estaba pasando, tú dijiste "está temblando" pero tus ojos no me veían. Te pregunté quién temblaba y tú dijiste "¡Dios!" pero no era a mí a quien te dirigías. Como pudiste nos sacaste a ambos de la casa. Yo no tenía zapatos. Ese día conocímos a los vecinos y yo seguía pensando que lo que había temblado era el enorme cuerpo de Dios.

4. You remember that night I wrote you a letter and set it right next to you so you'd find it when you woke up? As a matter of fact, I tend to write you letters quite often when you are asleep. I pour my heart and soul in them and force myself to sleep with the hope you'll finally find me in my words. But I always find the letter, folded back on its place. No reply.

5. ¿Te acuerdas del día del temblor? Ella, tú y yo conversábamos. Ella se dio cuenta del temblor antes que nosotros, nos lo repitió varias veces mientras nosotros reíamos de no sé qué cosa. Cuando finalmente nos dimos cuenta, ella y yo nos tomamos del brazo para intentar bajar los tres pisos. En la puerta miramos atrás, y ahí estabas tú contra la pared. Sin decir nada. Sin hacer nada. Ella y yo regresamos por ti y te tomamos de la mano. Y tú te dejaste hacer. Nunca más volviste a ser tan de vulnerable.

6. ¿Te acuerdas de esa conversación por teléfono? En la que me dijiste que sabías que mi amor por ti había finalmente muerto desesperanzado, sabiendo que la preferías a ella. Creo que me abriste un poco la posibilidad, me dijiste que mi amiga te había dicho que yo ya te había olvidado. Yo pude haber dicho que no, pero no quería abrir de nuevo aquella herida. Aunque nunca entendí por qué no me habías preferido a mí.

7. ¿Te acuerdas de esa noche cuando reíamos y tocábamos la guitarra en aquel departamento sin muebles? Por alguna razón tú te habías puesto a caminar en círculos con tu guitarra al hombro, y luego te sentaste sobre las baldosas rojas a hacer contorsiones. Nos moríamos de la risa.

8. ¿Te acuerdas de la noche en que me viste desmoronarme después de esa llamada que recibí? Tuve un ataque de pánico y tú me abrazaste. Me permitiste esa debilidad sin críticas ni burlas. Me dejaste ahí hasta que me calmé. Estábamos en el mismo sitio en que meses después, con saña, enterraste tu mano en mi herida.

9. ¿Te acuerdas del día en que fuiste en bicicleta a visitarme? Ese día quería decirte mucho. Ese día sí que tenía ganas de abrir mis heridas. Pero no me atreví. Y tú te marchaste muy pronto.

10. ¿Te acuerdas de la cruel carta que te escribí? En esa carta te pedí que no me buscaras en un mes. Fue cruel, lo sé. Pero estaba dolida por una vez más haber muerto a tu sombra. Él te prefería a ti. Y yo necesitaba ser yo por una vez en la vida. Sentir que alguien querría estar conmigo no por acercársete. Creo que nunca más volvimos a confiar una en la otra para hablar de amor. Me dolió en el alma.

11. ¿Te acuerdas cuando se nos descompuso el carro prestado a medio centro histórico? Tú corriste por agua cuando nos dimos cuenta que se había sobrecalentado. Y yo me quedé ahí sin saber qué hacer, hasta que el poli se acercó a decirme "No sabe qué hacer verdad reina?" Esas cosas nos pasaban siempre, y divertíamos a todos cuando les contábamos nuestras andanzas. Extraño todas esas vivencias, como cuando me diste las llaves del carro y me enseñaste a manejar en Guadalajara.

12. ¿Se acuerdan cuando nos tomamos esa foto los cuatro juntos? Los cuatro jinetes del apocalípsis, the fab four... Los cuatro fuimos al primer encuentro de poetas de Zamora. Quién iba a decir que yo iba a ser la más terca y quedarme en la poesía. Por ahí supe que uno de ustedes todavía conserva esa fotografía. Me gustaría tanto verla.

13. You remember that night we stayed up by the lake? We went for a walk and it was pitch black and I barely knew you. And in the middle of the woods I realized you could be a psycho and kill me and no one would ever find me. But you stopped instead and pointed ahead to a deer by the road. I couldn't see it. But I saw you. It started raining and we got under a blanket and I sang for you in a language you couldn't understand. Your lips were so close to mine...

14. ¿Te acuerdas cuando jugábamos en la quinta familiar? Un día nos metimos a donde estaban los guayabos, pasando el riachuelo. Yo traía en mis manos un leopardo de trapo y lo tiré cuando vimos una serpiente. ¿Cómo se cura uno la nostalgia cuando esos recuerdos de infancia están ahora enterrados bajo un motel de paso a la entrada de Zamora?

15. ¿Te acuerdas cuando éramos amigos y estudiábamos juntos? Todo el mundo pensaba que éramos hermanos, unidos por una sola ceja. La ceja de Frida Kahlo. Y nosotros jugábamos a confundir a todos. Cuando hacíamos trabajos te asegurabas que yo tuviera todo lo que pudiera necesitar, y si alguien no estaba de acuerdo con mis resultados siempre te ponías de mi parte. Me gustaría algún día volver a verte.

16. ¿Te acuerdas cuando me regalabas sobres con tus dibujos y diseños? Dibujabas collages de personajes y símbolos de todas las canciones que me gustaban cuando estaba en la secundaria. Y tenías un hamster que se llamaba Herculito, y no podíamos decir su nombre sin reírnos. Y todavía guardo en algún sitio la foto que me diste de cuando eras niño, y tengo ganas de ir a buscarla para ver si tu hijo recién nacido se parece a ti.

miércoles, 30 de julio de 2008

In my life

There are places I'll remember
All my life though some have changed
Some forever not for better
Some have gone and some remain
All these places have their moments
With lovers and friends I still can recall
Some are dead and some are living
In my life I've loved them all

A Elia porque es su canción favorita y porque me tomó muchos años darme cuenta en cuántas cosas se interesó sólo porque eran importantes para mí

* Entrada escrita durante el siguiente trayecto:
De Commonwealth Ave. en Boston, Mass., Tren B de la línea verde a Park Street,
cambio a la línea roja hasta Porter Square (una después de Harvard)
cambio al Commuter Rail a Concord, Mass.


Hace muchos, muchos años, cuando yo era todavía una niña decidí que quería estudiar física cuántica.

No estudié física cuántica, ni física normal, ni siquiera educación física...

Estudié letras.

Así que no recuerdo muy bien las leyes de la física sobre los cuerpos en movimiento, pero mi espíritu romántico (romántico en el sentido del Sturm und drang y el joven Werther, no en el de Televisa, vale mencionar) sabe muy bien que cuando las almas solitarias se ponen en movimiento se desborda la boca de la melancolía.

Ayer venía en mi viaje de casi hora y media de regreso de Boston a Concord escuchado mi Ipod, cuando al subir al segundo tren e ir pensando en mi tierra de campos de fresas, por suerte, comenzó esta canción que también logra hacerme llorar.

Demasiados lazos emocionales me unen a ella:

Es la canción que bailé idealista y esperanzada un dieciséis de febrero.

Es la canción que me dijiste tú que era tu favorita cuando te lo pregunté para un proyecto que tengo sobre mis equipajes emocionales, sobre la música que han dejado en mí las personas que me han marcado. Y ya de por sí tú y yo compartimos a los Beatles desde la secundaria.

Me hace llorar porque me recuerda a los viejos amigos, a los viejos amores, y a los viejos lugares.

Siempre he tenido esta obsesión con los lugares que ya no existen. La casa en que nací, en la calle cinco de mayo, es hoy día un comercio donde venden alimento Purina y el terreno familiar en donde jugué tantas veces de niña es hoy un motel de paso.

¿Qué le pasa a uno si la raíz de los recuerdos desaparece?

Así también hay tantas vidas anteriores que ya no puedo acceder.

Muchos diálogos que siguen continuándose en mi cabeza. Diálogos que son realmente tristes monólogos.

¿Qué harías si supieras que aún sigo charlando contigo a pesar de que no estás?

¿Con quién hablas tú mentalmente al montarte en un tren y mirar por la ventana?
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