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martes, 15 de diciembre de 2009

A ella ahora la escriben desde adentro

Mi amiga, mi cómplice en las palabras, prueba día con día el secreto más voluptuosamente carnal que llevamos oculto y latente en nuestro cuerpo. Ella aún no sabe, no puede saber ciertas cosas, y aunque yo se lo oculte, y aunque yo se lo cuente, no podrá saber nada hasta el día que se vuelva en sí mismo su universo.

No es que haya sido malo, ni horrendo, ni maravilloso tampoco. Es sólo que un instante comemos del fruto prohibido, y la verdad es revelada sin posibilidad de volver nunca más a la ignorancia.

Todo aquello es un recuerdo vago, es una historia que puedo repetir y que a veces me hace creer que la he memorizado artificialmente y que realmente no me sucedió absolutamente nada.

Pero mi cuerpo recuerda. Hay cicatrices que jalan la piel como la brida que me detiene en movimiento.

Nunca antes había sentido ciertamente lo que es la impotencia. Alguna lección se aprende sobre humildad, sobre abandonarse herida, vejada, desgarrada. Ninguna sabe hasta que llega su tiempo el culto en el que habremos de ser iniciadas. Un culto que demanda sacrificio de sangre y de pudor: probar con lágrimas que se puede descentralizar nuestro universo egocéntrico.

Ya no recuerdo bien lo que era la vida antes de todo, antes de que meticulosamente me unieran de nuevo, antes de inmolarme por la carne de mi seno.

Ella siente, y sueña y se inflama, y yo la envidio, no por su ignorancia de lo que está por venir, sino por la plenitud, porque sé que el día de hoy en sí misma abarca el universo, que el mundo se crea desde su vientre.

No me arrepiento de nada.

Nosotras, hermanas de sangre, en dolor y sangre hemos sido ungidas.

Nosotras somos las afortunadas.

martes, 29 de septiembre de 2009

These are a few of my favorite things

Cantaba la Novicia Rebelde que frente a la adversidad sólo había que pensar en las cosas favoritas para no sentirse tan mal. A mí me pasa una cosa rara con mis cosas favoritas que no sé si es lo que le pase a todo el mundo. Mi hermano por ejemplo, cuando éramos niños, siempre rentaba la misma película en Videocentro, el razonamiento era el siguiente: "Si ya sé que esta película me gusta, ¿para qué arriesgarme a rentar una película que nunca he visto y que no sé si me gustará?". Él tenía una fe ciega en sus cosas favoritas, en su presencia constante.

A mí nunca me han podido resguardar mis cosas favoritas de ese modo. Me pasa con las canciones, con las películas, con los libros. Para mí esas cosas favoritas van de la mano con un momento fugaz e irrepetible: las cosas favoritas son para guardarse, experiencias únicos que no han de repetirse nunca.

Me cuesta trabajo escuchar mis canciones favoritas: una vez de regreso de una fallida entrevista de trabajo se comenzaron a escuchar en el radio los primeros acordes de una oscura y preciada melodía: tuve que apagarlo entre fuertes sollozos de plañidera.

Mis cosas favoritas están guardadas como se resguarda un preciado nombre impronunciable: en algún sitio de la mente o del corazón se guarda la dolorosa astilla de un segundo perdido para siempre en el espacio.

¿Cómo explicarle a los compañeros anónimos de un elevador, por ejemplo, que no estoy allí en un viaje entre el sótano y el piso más alto, sino en la tarde lluviosa de mis trece años, tendida en las lozas frías de mi casa de infancia escuchando "While my guitar gently weeps" con unos enormes audífonos, sólo porque a alguien se le ocurrió poner de ambientación a The Beatles?

No, a mí no me hacen sentir mejor conjurar mis cosas favoritas, pero me hacen feliz sabiéndolas protegidas y encerradas en algún recóndito lugar del cuarto de atrás de la memoria.

martes, 26 de mayo de 2009

Anacronía

Estoy sentada en un consultorio médico, pacientemente impacientándome sobre el asiento de vinil negro mientras la recepcionista escribe taca que taca en su olivetti mecánica:

"Consultorio del Dr. López y López, ya es paciente del dr? Cuál es su nombre? y su apellido? su segundo apellido? aquí lo ve el dr. mañana a las cinco y media"

Taca que taca que taca

Pero el doctor no lo verá a las cinco y media, ni al cuarto para las seis y quizás ni siquiera para las seis y diez.

Me aburren las salas de espera, aunque hay de salas a salas. Las salas como ésta en la que ahora espero son el peor tipo, son esas salas en las que el tiempo parece no haber transcurrido: de pared a pared paneles de rojiza madera falsa, palmas y helechos de plástico, paredes cubiertas por pinturas pseudo new age y paisajes bobrossistas, una canasta con las mismas revistas médicas de hace años.

Creo recordar visitar al mismo doctor con mis padres hace unos quince o veinte años y creo que todo es exactamente lo mismo...

...Incluyendo la olivetti mecánica y la misma recepcionista escribiendo taca que taca que taca...

A veces pienso que el más allá no es más que otra sala espera de algún doctor que no ha de recibirnos nunca.

Antes creía que todos los consultorios médicos eran así, anacrónicos, pasados de moda (sin llegar nunca a lo retro chic), con el constante taca taca de enormes armatostes y la misma chocante voz de una secretaria que intercala el teléfono (todavía de dial), con la máquina y con un tejido que no ha de acabar: prepotente Penélope feliz de imaginar a su Ulises náufrago.

Pero últimamente he visitado otros consultorios, ahora debe de estar de moda un espartano modernismo: inoxidable, monocromático, frío y terriblemente aséptico con el último Cosmopolitan, Glamour, Vanidades y Quién.

No, el más allá no puede nunca ser como aquéllas salas de espera, en que me ofrecen algo de tomar, o grandes ventanales hacia una ajetreada avenida, o una pantalla mostrando una película de moda.

No...

En la sala de espera del más allá no hay ventanas que me salven de la claustrofobia ni revistas ni voces en la pantalla que atenuen la nasalidad del "ya es paciente del dr?" o del taca taca.

Sigo sentada en esta sala con mis ojos pegados en la puerta esperando verme entrar hace unos quince o veinte años sin nadie que me salve del terrible taca taca taca taca taca...

miércoles, 20 de agosto de 2008

Paranormal Phenomena

Para D.Z.,
mi imagen refleja, compañera de las mismas obsesiones.
Porque me entiende en cualquier idioma,
porque se rie conmigo sin vergüenza,
francamente y en voz alta, aunque nuestras voces
sean las únicas que se escuchen
en la oscuridad de una sala de cine.


Guadalajara, Jalisco
19/08/08 20:30 pm


En el cuarto de atrás de la memoria hay un desvencijado archivero que lista, en un religioso orden dictado por el caos (ni alfabético, ni numérico, ni afectivo) todas las arcanas imágenes que mis ojos han visto. Mi torcida jerarquía nemónica prioriza caprichosamente esas imágenes inexplicables, esos enigmas, en vez de recordar acertadamente el teorema de Pitágoras, o cada una de las cosas establecidas por Foucault o incluso en dónde dejé mis llaves.

1. Estoy sentada, en el quicio de una agencia de viajes, bajo el sol seco de la una de la tarde en la esquina de Aquiles Serdán y Juárez esperando que lleguen por mí. Me entretengo contando el número de personas que se tropiezan con el borde de la banqueta, que la raíz de un rebelde árbol ha levantado... la cuenta va en trece... Y en la esquina a mi izquierda hay una caja de madera, próxima a desbaratarse, con un agujero en una de las esquinas superiores. De la oscuridad de ese resquicio dos ojos fulgurantes me observan, me hipnotizan. Me acerco poco a poco e imagino que dentro hay un gato, esos ojos amarillos no pueden ser más que de un gato. Me acerco y me acerco, tratando de atisbar su forma... Hasta que la violencia de un movimiento me hace retroceder espantada...

...primero una garra de simio, y después una cola que se riza, demasiado controlada. Los ojos vuelven a aparecer tratando de arrastrarme. Nunca más vuelvo a acercarme tanto, pero sigo, de lejos, tratando de hallarle forma, de entre la cantidad de extremidades de distintas especies que se cuelan por esa esquina perdida.

2. Miro aterrorizada la carta, el e-mail, el mensaje de texto sin abrir. La sellada potencialidad me asusta como el gato de Schrödinger. Sigo conservando la misiva cerrada. Trato de adivinar, de escribir con mi voluntad, con mi deseo, el mensaje que protege. No abriré nunca la carta.


3. Aprendí a hablar un idioma extraño cantando, memorizando la letra de una banda años antes disuelta, mucho antes de mi nacimiento. Así mi hija bailará una canción que fue un hit antes de que su madre naciera, y eso que nació hace muchos muchos años. Yo debería saberlo.
Antes de entender esta lengua, la otra mitad, el lado oscuro (o luminoso?) de la doble vida que llevo; el poderoso error, la malinterpretación me hicieron imaginar otras cosas. Como cuando tú me pediste que interpretara una de tus canciones favoritas y desde entonces sueño con unas inexistentes sillas de aterciopelada cereza. Verdaderos mondegreens.

4. Mi perversa morbosidad me empeña a escuchar, a comprender la discusión de la pareja que está sentada detrás de nosotros. Enterarme de las cuitas intercaladas en la faena amorosa de una pareja de amantes por debajo de la puerta que comunica dos habitaciones de hotel. Tengo vocación de voyeur.


5. Quiero develar al interlocutor de mi poesía. Muchas veces repetí a anónimas bocas que nunca escribiría sobre ellas. Hoy, encuentro cercenadas extremidades, un collage sangriento en viejos poemas. No eres tú, ni él, ni ellos. Todas las palabras eran para mí.


6. Tratar de entender, de saber los secretos que lleva tu sangre. Desgranar el arcano que ese mal, con su nombre griego, ha estado grabando en tu piel. Miro las marcas y las venero como sagrado estigma, y lloro desconsoladamente, porque no tengo encantamientos, porque mis palabras no sirven para absolutamente nada, sólo para decirte que te quiero.
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