
La más grande de nuestras diferencias no está en la raza, el género, el credo.
Está, sin embargo, en cómo asimilamos la burocracia, el
red tape.
Yo nací en la cultura del “papelito habla” y me acerco al altar de la ventanilla de trámites con el temor kafkiano de los de mi raza.
Él, en cambio, navega con la bandera de su optimismo, no concibe las cinco vueltas que requerirá un trámite que debía tomar uno.
Yo conozco las reglas y los protocolos no escritos de cómo se llena una forma, además del arcaico lenguaje del “por la presente”, “el que suscribe se permite solicitar”, “bajo protesta de decir la verdad”, “su seguro servidor”, etc.
Él está acostumbrado a tener documentos que ostentan variaciones de su mismo nombre, errores de dedo, abreviaciones.
Yo confío en mi fatalismo, en saber desde antes de llegar que es seguro que me falta una firma, una copia y los papeles del perro.
Él piensa que tendremos tiempo para desayunar, ir al súper y pasar por la niña a la escuela, además de que procesarán nuestra solicitud en el tiempo que nos prometen.
Yo sé que debo documentar en original y dos copias (y otra copia en la bolsa por lo que pueda suceder) que A es igual a B y que B es igual a C y por lo tanto A es igual a C, además de una carta firmada, sellada y notariada donde juro decir la verdad y que no hay ningún juicio pendiente en mi nombre (mi santo nombre, valor de cambio en esta sociedad), con firma de dos testigos y sus sendas credenciales del IFE y comprobante de domicilio del agua, el teléfono y la luz (como canción de Chava Flores).
Él no entiende por qué tenemos que guardar tantos papeles.
Yo me frustro, me engento, me encabrono.
Él sólo se confunde y se impresiona.
Pero su optimismo nunca se resquebraja.
Yo quisiera, a pesar de todo lo que sé, creer como lo hace él.