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jueves, 26 de febrero de 2009

Colibrí en mi casa


La puerta corrediza de cristal estaba abierta y yo estaba sentada en la mesa del comedor junto a ella. Un colibrí entró y se quedó suspendido frente a mí algunos segundos.

La imagen fue tan fuerte, y nadie estaba cerca para atestiguarlo.

¿Qué agüero, qué superstición, qué arcano, qué augurio, qué símbolo tiene un colibrí dentro de una casa?

jueves, 19 de febrero de 2009

Él y yo en una dependencia gubernamental

La más grande de nuestras diferencias no está en la raza, el género, el credo.

Está, sin embargo, en cómo asimilamos la burocracia, el red tape.

Yo nací en la cultura del “papelito habla” y me acerco al altar de la ventanilla de trámites con el temor kafkiano de los de mi raza.

Él, en cambio, navega con la bandera de su optimismo, no concibe las cinco vueltas que requerirá un trámite que debía tomar uno.

Yo conozco las reglas y los protocolos no escritos de cómo se llena una forma, además del arcaico lenguaje del “por la presente”, “el que suscribe se permite solicitar”, “bajo protesta de decir la verdad”, “su seguro servidor”, etc.

Él está acostumbrado a tener documentos que ostentan variaciones de su mismo nombre, errores de dedo, abreviaciones.

Yo confío en mi fatalismo, en saber desde antes de llegar que es seguro que me falta una firma, una copia y los papeles del perro.

Él piensa que tendremos tiempo para desayunar, ir al súper y pasar por la niña a la escuela, además de que procesarán nuestra solicitud en el tiempo que nos prometen.

Yo sé que debo documentar en original y dos copias (y otra copia en la bolsa por lo que pueda suceder) que A es igual a B y que B es igual a C y por lo tanto A es igual a C, además de una carta firmada, sellada y notariada donde juro decir la verdad y que no hay ningún juicio pendiente en mi nombre (mi santo nombre, valor de cambio en esta sociedad), con firma de dos testigos y sus sendas credenciales del IFE y comprobante de domicilio del agua, el teléfono y la luz (como canción de Chava Flores).

Él no entiende por qué tenemos que guardar tantos papeles.

Yo me frustro, me engento, me encabrono.

Él sólo se confunde y se impresiona.

Pero su optimismo nunca se resquebraja.

Yo quisiera, a pesar de todo lo que sé, creer como lo hace él.

miércoles, 28 de enero de 2009

Idiosincrasias litararias: El libro tatuado

Para Lady Vivianne por su obsesión por los objetos

El objeto por excelencia es el libro. No sólo lo escrito, sino por el objeto en sí mismo.

Todos tenemos nuestras propias idiosincrasias sobre cómo se debe trabajar un libro: Mi hermana por ejemplo, odia prestarme un libro porque yo le dejo siempre las esquinas superiores derechas dobladas, lo siento, los separadores nunca han sido algo mío, mientras mi papá dobla la hoja completa.

Sinceramente no creo en la existencia inmaculada del libro, para mí es un objeto vivo que debe ostentar el paso del tiempo y de mano en mano. Creo que los márgenes de un libro son campo fértil para una maravillosa comunicación telegráfica y unilateral al próximo lector.

De entre mis peculiaridades puedo decir que odio los marca textos, me parece que están hechos sólo para los libros de texto y de superación personal. Para trabajar en un libro yo confío en el lápiz, mi jeroglífica caligrafía y esas banderitas de colores.

Me gusta leer los mensajes que un libro regala, por eso amo los libros usados, o revisar los libros de las bibliotecas. Recuerdo muy bien el primer libro que recibí que ostentaba cicatrices de otro dueño, era un libro de la SEP que perdí, así que heredé el libro de mi primo, tenía una animación de caricaturas, de esas que se hacían en las esquinas para ver a un monito moverse al pasar las hojas rápido, también tenía un chiste: a Álvaro Obregón lo había dejado chimuelo y y había cambiado las primeras tres letras por N-A-L-G.

Los libros usados traen como cicatrices de guerra algún nombre o fecha al principio, notas al margen y otras afortunadas veces la dedicatoria de un autor.

O un verdadero tesoro: un pedazo de papel enmedio que había sido olvidado, una lista del súper, un boleto de camión, una carta de amor, o alguna otra cosa. Mi papá encontró así, con una ornada manuscrita, el acta de matrimonio de mi abuelo con su primera mujer.

Me pregunto si esas hojas sueltas constituirán un paratexto.

Esas cosas que se descubren en un libro me hacen pensar en los tatuajes secretos de las paredes de los cuartos de hotel. No sé a quién se les ocurrió, pero hay una fuerte tradición de esconder obras de arte debajo de los cuadros y espejos.

El libro es un objeto vivo que lleva con orgullo sus tatuajes y cicatrices. Es en sí la bitácora de una travesía.

jueves, 22 de enero de 2009

En esto creemos

Tenemos toda una cultura formada alrededor de nuestras costumbres literarias, no sólo qué leemos, sino cómo, cuándo y dónde.

Tenemos frases y categorías: lectura de baño, libros de cama, novelas para vacacionar, etc.

Y supersticiones como: "un libro te llega en el momento preciso".

Hablemos de nuestras manías literarias, de costumbres y superticiones de lectura, de obsesiones y vergonzosas morbosidades.

Forjemos en la piedra las tablas de nuestra lectura
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